sábado, 27 junio, 2026
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La política y el lenguaje: entre el coaching y la inteligencia artificial

En la era de la comunicación optimizada, los discursos políticos pierden singularidad y se estandarizan. ¿Dónde queda la voz propia?

En cada época, la política encuentra sus formas de decir. Hubo tiempos de oratoria encendida en plazas públicas, de discursos escritos a mano, de frases calibradas en focus groups. Hoy convivimos con otra estética del lenguaje, más estructurada, más sintética y más optimizada para captar la atención de su audiencia en 3 segundos. La conversación pública se llenó de voces que suenan parecido. Una política donde el margen de error se reduce y, con él, también la singularidad. El pasaje del político coacheado al político chatgpteado abre una pregunta incómoda: ¿qué lugar queda para lo propio?

Aparece un fenómeno cada vez más evidente en redes sociales: los guiones políticos empiezan a compartir un mismo tono, una misma estructura, una misma cadencia, y esto no distingue espacios ideológicos, de derecha a izquierda la melodía suena parecida. Las ideas se ordenan de forma clara, lineal, casi matemática, esa forma de decir que funciona, ordena y facilita la comprensión pero, ¿emociona?

Esa lógica trae ciertas fórmulas reconocibles: frases que buscan impacto inmediato, estructuras dialécticas que simplifican la complejidad, el contraste binario que baja línea y cierra la posibilidad de conversación, al mejor estilo: “Esto no es una nota de opinión, es una revolución”, aparece una y otra vez como un recurso para generar un efecto previsible, como las frases en el sobrecito de azúcar. La receta tiene otros ingredientes esenciales: frases cortadas todo el tiempo: punto, punto, punto, gerundios forzados, titular y 5 bullets. En esa obsesión por decir las cosas “bien”, lo que se pierde es alguien diciendo algo, y es justamente ahí donde algo se rompe, ves de dónde el mago sacó al conejo, y una vez descubierto el truco, lo que queda es la ausencia: la de la persona que debería estar hablando.

La inteligencia artificial llegó para quedarse y va a estar cada vez más presente en los procesos de trabajo, también en la política. Su potencia es innegable: permite ordenar información, acelerar tiempos y abrir posibilidades pero, a la vez, deja en evidencia que cuando todos acceden a las mismas respuestas, la diferencia vuelve a estar en las preguntas.

Ahí aparece el desafío para quienes lideran. ¿Cómo construir una voz propia en un entorno donde todo tiende a parecerse? La respuesta difícilmente surja de una herramienta, se construye en la experiencia, en la escucha, en la capacidad de conectar con otros desde un lugar genuino.

Desde que la humanidad se reúne en círculos alrededor del fuego para contarse historias, el sentido se construye en ese intercambio. Ese ritual aún tiene energía vital, aunque muchas veces, ahora, iluminado por una pantalla. Pueden cambiar los soportes, pero la necesidad de compartir lo que vivimos, lo que nos emociona, lo que pensamos y lo que imaginamos sigue acá.

Aprender a usar tecnología es imprescindible, así como también lo es aprender a imaginar, a conectar ideas y fortalecer el pensamiento crítico y creativo. Ahí están las capacidades que sostienen una vida en comunidad: la curiosidad, la empatía, la intuición, la colaboración, la creatividad, la imaginación para proyectar futuros posibles, la valentía para sostener una convicción, la resiliencia para atravesar la incertidumbre, el humor y la compasión como formas de vincularnos.

La política (y los políticos) tienen la oportunidad y la responsabilidad de cuidar su dimensión más humana, de valorar lo irrepetible de cada trayectoria, de cada historia personal y de cada mirada. Si todas las respuestas tienden a parecerse, lo que todavía hace la diferencia es eso que no puede automatizarse: la capacidad de sentir, de interpretar y de crear sentido con otros, y eso, cuando aparece, se nota.

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