El regreso a casa tras una ausencia suele estar marcado por los olores que la habitan. Una crónica personal repasa los aromas que definen los espacios domésticos, desde el encierro hasta las comidas, y evoca recuerdos de infancia y de transformaciones sociales.
Volver a casa después de unas semanas en otro sitio, ya sea por vacaciones, trabajo o trámites familiares, suele sorprender por los olores. Si no ha quedado nadie en ese tiempo, el primero es el olor a encierro. Luego aparecen otros cuyo origen resulta difícil de identificar: papel de los libros de la biblioteca, cajas de cartón que guardan papeles sin desembalar, madera de los muebles, humedad de una filtración invernal que no terminó de secarse, olor a perro, olor a piedritas de gatos. La pregunta que surge es si el olor propio permanece durante la ausencia y si forma parte de esos otros sin ser reconocido.
Durante la primaria, las compañeras vivían en casas precarias, a veces muy viejas heredadas de parientes, sin dinero para refacciones, o recién construidas pero sin terminar. Algunas familias resultaban sorteadas en los planes del FONAVI y obtenían una casa propia a estrenar. Otras, más raras, podían hacerse una casa pensada a su medida. Una amiga de la escuela vivió esa situación cuando a su padre le empezó a ir bien y dieron el salto a una clase media acomodada. Se construyeron una casa enorme, con habitación para cada hijo, cocina-comedor, living y dos baños. Las invitaba a hacer la tarea o a jugar los fines de semana, y allí se hicieron los primeros asaltos. Ella presumía de su casa, algo que la narradora habría hecho en su lugar. Sin embargo, cada vez que entraba, el olor a bife a la plancha le hacía arrugar la nariz. Ese olor a carne chamuscada parecía adherido a las paredes y a los muebles. Pensaba: qué pena, una casa tan linda llena de olor feo.
Hace unos años, en Paraná, en lo de su hermana, debía asistir a un casamiento. Su hermana le comentó que una chica del barrio había abierto un gabinete de estética en la casa, que cobraba barato porque recién empezaba. Hacía limpieza de cutis, masajes, mascarillas. La empujó a que fuera para salir mejor en las fotos de la fiesta. Llamó y pidió un turno para ese día a las dos de la tarde. Era verano. Caminó esas pocas cuadras bajo el sol de la siesta. Al tocar el timbre, la atendió la chica y la hizo pasar a lo que habrá sido el comedor, convertido en una especie de consultorio con camilla, algunos aparatos eléctricos y una mesa llena de frasquitos. El olor a costeleta flotaba en la habitación pequeña. Le dio pena porque se notaba el empeño puesto en el nuevo emprendimiento: los muebles, la chaqueta, las cortinas, los volantes repartidos por el barrio y el cartel pintado en la puerta. Sin embargo, vivía con su familia, que no la acompañaba, que no podían privarse del bife cuando había una clienta.
Uno de los olores domésticos que más le gusta es el de los espirales encendidos. Para la narradora, es el perfume de la infancia, de las vacaciones largas, la mesa en el patio, las reposeras en la vereda, los televisores girados hacia la calle, las noches con las ventanas abiertas. Al día siguiente, el círculo de cenizas cortadas y el aroma como una membrana recubriendo todas las cosas hasta el atardecer, y vuelta a empezar.
