Un análisis de las políticas económicas aplicadas por Lula da Silva en Brasil y su posible influencia en la estrategia del peronismo argentino, en el marco de la próxima contienda electoral.
Tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, durante la década de 1990 se consolidó una hegemonía del pensamiento económico neoliberal. En América Latina, tanto Brasil como Argentina adoptaron políticas de privatización, reducción del Estado y ajuste a los lineamientos del Consenso de Washington, independientemente de la orientación política de sus gobernantes.
En ese período, Argentina precedió a Brasil en la recuperación democrática (1983 frente a 1985) y en la implementación de la convertibilidad cambiaria (1991 frente a 1994). En Brasil, los resultados de los planes económicos inspirados en Argentina fueron criticados bajo la denominación «Efecto Orloff», en referencia a un comercial de vodka que mostraba a un hombre confrontando a su «yo» del día siguiente, afectado por la resaca, con la frase «Eu sou você amanhã» (Yo soy tú mañana).
La diferencia en la trayectoria de ambos países se atribuye a la gestión de Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil y al kirchnerismo en Argentina. Lula, líder sindical del Partido de los Trabajadores, asumió la presidencia en 2003. La estrella roja de cinco puntas, símbolo del partido, ha sido asociada históricamente a movimientos comunistas y socialistas.
Al ganar Lula las elecciones de 2002, el riesgo país de Brasil aumentó de 700 a 2.436 puntos en pocos días. Un año después, el riesgo país se ubicó en torno a los 400 puntos, y al finalizar su primer mandato, descendió a 155 puntos. El tipo de cambio, que pasó de 2 reales a 4 reales por dólar al asumir, se redujo a 1,70 reales al término de su primer gobierno.
Para contener la incertidumbre, Lula designó a Henrique Meirelles, expresidente mundial del Bank Boston, al frente del Banco Central, y a Antonio Palocci como ministro de Economía. Palocci elevó la meta de superávit primario al 4,25% del PBI, superando las exigencias del FMI, y fue el autor de la «Carta al pueblo brasileño», publicada durante la campaña electoral de 2002, donde Lula se comprometía a mantener la estabilidad económica, respetar los contratos y asegurar la disciplina fiscal.
En dicha carta, Lula señalaba: «Será necesaria una transición lúcida y cuidadosa entre la situación actual y las demandas de la sociedad». También afirmaba que «el nuevo modelo no puede ser producto de decisiones unilaterales del gobierno» y que «la premisa de esta transición será, naturalmente, el respeto a los contratos y obligaciones del país».
Además, Lula destacaba: «Se trata de una crisis de confianza en la situación económica del país, de la cual el gobierno actual es el principal responsable» y «el retorno al crecimiento es el único remedio para evitar la perpetuación de un círculo vicioso de bajas metas de inflación, altas tasas de interés, fuertes fluctuaciones cambiarias y creciente deuda pública». En relación al equilibrio fiscal, sostenía: «Para nosotros, el equilibrio fiscal no es un fin, sino un medio».
En el contexto argentino, el apelativo «soviético» se orienta hacia Axel Kicillof, quien se ubica a la izquierda de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner. Esta caracterización contrasta con la estrategia de presentar candidatos de centro para no alarmar a los mercados, como ocurrió con Daniel Scioli, Alberto Fernández y Sergio Massa.
El análisis plantea la posibilidad de que, si la corrida financiera electoral fuera inevitable y el triunfo peronista probable, resultara más conveniente que el candidato sea un peronista de izquierda con responsabilidad fiscal, en lugar de un peronista de derecha. Esto permitiría eliminar los «fantasmas» económicos de manera permanente, evitando el «riesgo kuka» en futuras elecciones.
La columna concluye que, después de aquella década en que Brasil imitó a Argentina, podría resultar terapéutico que Argentina imite ahora la experiencia brasileña.
