Quién es Sunniva Gylver, la obispa que presidió el funeral del rey Harald de Noruega

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Sunniva Gylver, obispa luterana de Noruega, en la catedral de Oslo durante el funeral del rey Harald V

La catedral de Oslo fue escenario del funeral del rey Harald V, fallecido el 28 de agosto. La ceremonia, que incluyó velas, oradores, un guitarrista y canto, fue presidida por la obispa luterana Sunniva Gylver, de 58 años, conocida por su estilo particular y sus posturas públicas.

La catedral de Oslo se llenó de personas, la realeza noruega y figuras internacionales estaban presentes. Despedían al rey Harald V, que falleció el 28 de agosto. Afuera, miles de ciudadanos lo honraban, mostraban su tristeza. Adentro, la familia era testigo de la parte más íntima, aunque televisada: la llegada del féretro, la misa. Todo protocolar, típico. Excepto por una figura que inmediatamente llamó la atención. Caminaba detrás, junto a la Sonia, la exreina, y después fue al altar, mientras los nuevos reyes, Haakon y Mette-Marit, se dirigían hacia sus asientos.

La ceremonia tuvo de todo: se prendieron velas, hubo oradores, un guitarrista y canto. Y después, esa figura extravagante habló desde un púlpito: era Sunniva Gylver. Cualquiera que no la conozca se detendrá enseguida en ella, en su estética —tan particular para el puesto que ocupa— de rastas y piercing en la nariz. Y por supuesto, en el hecho de que sea mujer, aunque en Oslo, en donde se profesa el cristianismo luterano, no es raro: Gylver es la obispa, pero ya hubo, antes que ella, varias mujeres en el mismo puesto, solo que ninguna dio tanto de qué hablar.

Como obispa, ella y el rey habían tenido varios encuentros y, de hecho, según uno de los medios más importantes del país, el Dagbladet, lo describió como un hombre “presente y afable”: “Con buen humor y una risa contagiosa. Era capaz de ser a la vez ‘popular y de la realeza’, ser uno de nosotros y, al mismo tiempo, nuestro monarca”. Ese era Harald, pero, ¿quién es Sunniva?

“Yo no soy quién para salvar a la gente”

Sunniva tiene 58 años, es luterana y fue ordenada obispa en febrero de 2025. Su estética, y sus creencias la distinguen de la mayoría de los obispos. Por ejemplo, el año pasado le contó a The New York Times (NYT): “Mi experiencia es que nunca se puede presionar o manipular a las personas para que tengan una fe saludable. […] Yo no soy quien para salvar a la gente”. No cree en la conversión, sí en la inclusión, por eso, desde que asumió su rol en lo que el medio describe como la diócesis más grande de Noruega, su intención, sobre todo, fue “abrir las puertas de par en par de la Iglesia”.

Sobre esto se expresó, en diálogo con el mismo medio, Aaste Dokka, una pastora luterana: “Ella [Gylver] simboliza que el cristianismo en Noruega está pasando por un gran cambio. Cuando una persona como ella, una ministra moderna, se convierte en el rostro oficial de la Iglesia, creo que ayuda a la gente a recalibrar la imagen de lo que realmente es la Iglesia hoy en día”.

Esa imagen moderna también se nota en sus redes sociales, en donde se muestra con remeras que dicen “Biskop” (obispo) o “Prest” (sacerdote). También en pollera, con zapatillas, un rodete. Y haciendo yoga, generalmente dentro de una iglesia. Lo hacía, sobre todo, cuando era pastora en un barrio residencial de la ciudad, porque, justamente, buscaba así “ampliar el atractivo de la iglesia”, por lo que empezó a ofrecer clases y, además, abrió un “café filosófico”. Ahora lleva, la mayoría de las veces, el cuello clerical y la camisa violeta, el color de su cargo.

“Hija de Satán”

Sunniva es también llamativa con sus declaraciones públicas, que amalgaman la religión y la política. No se calla, y eso atrae a muchos: “Cuando Putin y Trump, de distintas maneras, utilizan el cristianismo, mi religión, de forma muy politizada y destructiva, es realmente importante para mí que nosotros, como iglesia, alcemos la voz por la justicia, la solidaridad, el acogimiento al extraño entre nosotros y por reducir las diferencias entre pobres y ricos”, dijo en la misma nota antes de su ordenación episcopal.

Ahora evita arrojar nombres, porque entiende la importancia, la diferencia de su cargo: “Como obispa, no debería señalar a personas o partidos específicos para decir ‘esto sí y esto no; aquello sí y aquello no’. Ni siquiera tengo que nombrarlos, pero tenemos bastantes líderes mundiales que practican y articulan la fe cristiana de una manera que me resulta muy ajena”.

Estas posturas, que muchos medios caracterizan de progresistas, son su esencia pura: desde que era una joven capellana se mostraba diferente. Era presentadora en un programa de televisión en donde hablaba sobre la vida y la fe, y respondía preguntas del público. En ese entonces, lucía el pelo rapado y decolorado. Después, en 2016, cuando estaba al frente de una parroquia en un barrio residencial de clase alta, introdujo un servicio de yoga dentro del mismo edificio, como se contó más arriba: puso colchonetas en el pasillo y, mientras hacían las posturas, ella daba un sermón.

Como cuenta la revista francesa Point de Vue, al principio de su carrera, esa especie de modernismo tan suyo la puso en el foco de los sectores más conservadores, donde la acusaron de “activismo político en lugar de teología”. Si se tiene en cuenta su compromiso con el medioambiente y su defensa de los derechos LGBTQ (por ejemplo, del matrimonio homosexual), no sorprende la oposición de la rama más cerrada del cristianismo y el luteranismo. Con aquellas clases de yoga, por ejemplo, llegaron a acusarla de “abrir la iglesia a religiones competidoras”, y hubo quienes la llamaron “hija de Satán”.

La lista sigue: “Vegetariana estricta, no viaja en avión para limitar su huella de carbono y optó por vivir en un monoambiente en lugar de la residencia oficial del obispo. Como parte de su énfasis en la inclusión, izó la bandera del arcoíris [LGBTQ] sobre la catedral de Oslo para celebrar la Semana del Orgullo en junio [de 2025]. […] Cuando un miembro del Partido Demócrata Cristiano criticó a algunas parroquias por organizar el iftar con sus vecinos musulmanes —la comida vespertina con la que se rompe el ayuno del Ramadán—, la obispa Gylver compartió el iftar con un imán local en marzo, mientras debatían sobre el ayuno en un momento en que la Cuaresma y el Ramadán coincidían”.

Humillada en nombre de la iglesia

Quizás ella entienda el mundo religioso de otra forma por haber compartido casi toda su vida, hasta 2021, con un marido ateo, pero no fue la única vez que un conocido no compartía sus creencias y, sin embargo, le ayudaba, por eso mismo, a mirar más allá.

Su vocación evolucionaba, cambiaba, desde que era chica, cada vez que se encontraba con “el tipo de cristianos que no quería ser”, dice ella. Primero lo notó cuando era muy joven y su hermana falleció, a los 15 años, por anorexia. En ese momento, se cruzó con muchos adultos que, con buenas intenciones, le hablaban de un significado “más grande” detrás de esa muerte. Un discurso de que todo tiene una razón, y a ella, en ese momento, le molestaba: “No quería que lo explicaran ni lo razonaran, solo quería que estuvieran ahí. A esa edad de 16 años me prometí a mí misma que nunca hablaría de manera ligera o superficial sobre la fe o la vida”.

Por la misma época, en la escuela secundaria, recordó, invitó a su mejor amiga, —atea también— a un servicio juvenil en la iglesia. Dijo que cuando salió, se sintió “humillada en nombre de la iglesia”: el pastor se había burlado de otras religiones, de otras formas de ver el mundo. Cada vez estaba más convencida de que ella no quería ser así. Por eso estudió Teología, porque quería ser, en cambio, “capaz de hablar de su fe de manera informada y respetuosa”.

Después llegó su esposo, Lars Kristian Gylver, que le propuso matrimonio después de solo tres citas, cuando ella solo tenía 20 años, y con quien estuvo casada toda su vida. Tuvieron tres hijos: hoy uno es “medio religioso”, y los otros dos, ateos. Cuando Lars se enfermó de cáncer de pulmón en 2021, ella respetó su ateísmo, no intentó “salvar su alma”, no le impuso su fe. Por aquello que decía: “Yo no soy quién para salvar a la gente”.