La pérdida del olfato: un sentido que alerta del peligro y permite disfrutar de placeres

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Persona oliendo un frasco durante entrenamiento olfatorio

La anosmia, la parosmia y la hiposmia afectan la alimentación, los vínculos, la vida sexual y la capacidad de detectar riesgos cotidianos como humo, gas o comida en mal estado. Especialistas explican causas, diagnósticos y tratamientos.

La pérdida del olfato afecta la alimentación, los vínculos, la vida sexual y hasta la capacidad de detectar riesgos cotidianos como humo, gas o comida en mal estado.

Fue de un momento a otro. Iba a agregar nuez moscada a una salsa blanca. Pero la nuez moscada no olía a nada. De todos modos, ralló una cantidad similar a la de siempre y la incorporó a la preparación para probarla. Tampoco sintió el gusto. Entonces empezó a recorrer la casa y a oler perfumes que conocía bien, además de lavandina. Nada.

“Me tomó de sorpresa -recuerda Estela Romera, de 55 años, docente, que vive en General Roca, Río Negro-. Era diciembre de 2022. Al principio pensé que había tenido Covid-19. Creí que lo recuperaría después. Incluso un médico que consulté me dijo: ‘Quedate tranquila, ya lo vas a recuperar’. Estaba preocupada y angustiada. Este año decidí consultar a una especialista. Hace meses que estoy en tratamiento y, lentamente, mejoro”.

“Sí, el olfato puede desaparecer de golpe por varias causas: sinusitis crónica con pólipos nasales, infecciones generalmente virales (como el Covid-19) o golpes bruscos en la cabeza que repercuten en las estructuras olfativas -explica Ana Cofré, otorrinolaringóloga e integrante del capítulo de Olfato de la Federación Argentina de Sociedades de Otorrinolaringología (FASO)-. A veces se pierde por completo, a veces regresa pero se perciben olores distintos y, en otros casos, se recupera totalmente”.

Sergio Rocca tiene 65 años y, cuando no está de viaje, vive en Chacabuco. “Hace un año perdí el olfato -recuerda-. Estaba comiendo y no sentía el gusto habitual. No había estado enfermo. El tiempo fue pasando y cada vez fue peor. Me obsesioné: olía lavandina, nafta, cebolla, ajo. Recorrí consultorios y finalmente me derivaron con una especialista, que cree que pudo haber sido consecuencia de un proceso viral. Hasta ahora, nada fue efectivo. No es fácil, pero a mi edad uno pone buena cara y trata de asimilarlo de la mejor manera posible. Claro, ya no cato vinos cuando voy a comer afuera. Estoy resignado, pero no deprimido”.

Tanto en los casos de anosmia (pérdida total), como de parosmia (alteración) e hiposmia (disminución), los especialistas suelen indicar entrenamientos. Estela Romera los cumple religiosamente.

“Todos los días, a la mañana y a la noche -explica-. Se huelen durante 20 segundos frasquitos con determinadas sustancias, se descansa y se vuelve a oler. Comencé con canela y naranja a la mañana, y con clavo de olor y orégano a la noche. Después me agregaron lavanda y limón, y más tarde café y chocolate amargo. Tengo un anotador y voy por el día 183 con las primeras esencias. Al principio tenía que mirar la etiqueta. Ahora las huelo. También me hago un lavaje nasal tres veces por día. Me he llegado a acostar y olvidarme la sesión de la noche, pero me levanté para hacerla”.

El convidado de piedra

“El olfato es un sentido minimizado. Se hizo más popular con el Covid-19, pero la vista y el oído acaparan gran parte de la atención. Existe la idea de que no es importante… hasta que alguien lo pierde. Ahí muchos se dan cuenta de cuán presente está en nuestra vida cotidiana: lo usamos como defensa para percibir humo, gas o comida en mal estado. Además, es el sentido del disfrute. Comemos y saboreamos la comida gracias al olfato; disfrutamos de los perfumes, de la cercanía con los afectos y de la vida sexual. El olor de las personas queridas y de la pareja es muy importante”, describe Patricia Portillo Mazal, integrante del Servicio de Otorrinolaringología del Hospital Italiano de Buenos Aires y del Hospital Naval.

La especialista explica que una de cada 5000 personas nace sin olfato, una condición conocida como anosmia congénita.

“Hay varios genes involucrados, pero muy difícilmente es hereditaria. Las personas con anosmia aprenden a disfrutar de la comida, aunque solo perciben sabores (dulce, salado, ácido, amargo y umami), no el gusto -añade Portillo Mazal-. En la boca sentimos picores, texturas y temperatura, si tomamos una bebida caliente o fría. Pero es la nariz la que termina decidiendo qué es cada cosa. La boca aporta el 20%; la nariz, el 80%”.

Juan Santiago Bottan, neurocirujano del Hospital Alemán, explica que “una minoría de los casos de anosmia adquirida está relacionada con estructuras neurológicas del olfato alteradas por traumatismos encefálicos o por cirugías de tumores en las que inevitablemente se afectan esos tejidos. Y una vez que se dañan las estructuras neurológicas, el panorama es más complicado”.

Posiblemente porque las propias personas con problemas de olfato no suelen consultar, se trata de un trastorno subdiagnosticado. Un trabajo local de Graciela Soler, otorrinolaringóloga argentina pionera en el tema, publicado en 2012 en la revista de la FASO, mostró que entre más de 1200 participantes sin patología olfatoria evidente, el 12,2% tenía alteraciones: hiposmia en el 10,7% y anosmia en el 1,5%.

“Después del Covid-19, creció el número. La bibliografía habla de un 22%”, afirma Cofré.

¿Nostalgia por lo desconocido?

Además de un buen interrogatorio, añade Portillo Mazal, el diagnóstico de una anosmia congénita incluye “una resonancia magnética con cortes muy finos que permite observar el surco olfatorio. En algunos pacientes no existe. En otros están ausentes los bulbos olfatorios o son increíblemente pequeños. A veces las personas se adaptan perfectamente a vivir sin olfato y otras sienten una especie de nostalgia por lo desconocido”.

Tiago Sánchez tiene 17 años y vive en San Juan. El suyo podría ser un caso de anosmia congénita: nunca en su vida sintió olores.

“No me di cuenta hasta los 10 años, cuando mi papá me hizo oler vinagre -dice-. Pero siento el gusto de las comidas, así que me gusta comer. Prefiero lo dulce: helado y chocotorta. No, no me imagino el olor del chocolate, es un olor que nunca sentí. Pero lo como igual, siempre fue así, toda mi vida”.

Cristian, padre de Tiago, explica que desde muy chico sufrió crisis asmáticas y alérgicas, con la nariz permanentemente tapada. Hace poco lo operaron, liberaron sus cornetes y senos paranasales, pero el olfato no apareció.

“Sí, tengo novia y ella me carga por este tema -afirma Tiago, entre risas, sin dar detalles-. Como sé que no puedo oler, me baño mucho. Y uso perfumes. Mi papá me aconseja. Ahora estoy usando un Antonio Banderas. No se lo cuento a todo el mundo, solo a la gente de más confianza, a mis amigos. Y si me preguntan si siento tal o cual olor, les digo que no, que no puedo oler”.

Marcela Soria, jefa de Alergia del Hospital San Martín de La Plata, se especializa en una de las patologías que con mayor frecuencia causan anosmia: la rinosinusitis crónica con pólipos nasales (RSCcPN), una enfermedad inflamatoria que puebla de tumores benignos la mucosa nasal y los senos paranasales.

“No es alérgica -aclara-, aunque puede coexistir con otras enfermedades de origen alérgico, como el asma y la rinitis”.

La alergista añade que la RSCcPN afecta entre el 2% y el 4% de la población.

“La pérdida del olfato puede ser abrupta o escalonada -agrega-. En algunos casos se trata con cirugía, en otros con medicamentos biológicos y siempre con un abordaje multidisciplinario. La recuperación depende del tiempo de evolución, de las cirugías previas —los pólipos reaparecen— o de si existen enfermedades alérgicas asociadas. La experiencia con los biológicos es muy buena: la gran mayoría recupera el olfato”.

Quedarse fuera del mundo

Soria asegura que perder el olfato tiene un fuerte impacto.

“Genera personalidades más fóbicas, ansiosas y depresivas -explica-. Muchos dejan de reunirse con otras personas porque, si no disfrutan de la comida, el encuentro pierde atractivo. Otros agregan más sal, más picante y más condimentos o consumen más grasas. Quien tiene la nariz obstruida tampoco duerme bien y sufre fatiga durante el día. Además, son pacientes que corren riesgos porque pueden no advertir olores tóxicos o peligrosos”.

“Cuando ya habían pasado dos años temía quedarme aislada. Me hacía mal estar con amigas y escucharlas decir que tal comida estaba rica y yo no sentir nada -recuerda Estela Romera-. No me generó problemas de pareja. Si bien me separé durante los primeros años de mi anosmia, no fue por eso. Es más, mi ex me decía riéndose que no iba a bañarse, si total yo no podía olerlo…”

“Cuando una persona pierde o altera su olfato, se va una parte del mundo y una parte de sí misma. Cambia mucho su estado de ánimo. Llegan a la consulta preocupadas, angustiadas y cansadas de recorrer especialistas sin encontrar soluciones”, comenta Ana Cofré.

Juan Bottan recuerda un caso extremo vinculado con la anosmia: el suicidio del cantante de INXS, Michael Hutchence, en 1997.

“Algunos años antes había sufrido un golpe gravísimo en la cabeza, con daño cerebral severo y pérdida del gusto y del olfato -relata Bottan-. Eso agravó su depresión y lo llevó a una crisis profunda, que posiblemente contribuyó a su decisión de quitarse la vida”.

Claro que difícilmente la pérdida del olfato tenga consecuencias tan trágicas.

Estela Romera se levanta dos horas antes cada día para hacer su entrenamiento olfatorio y sigue cultivando plantas aromáticas en su jardín.

“Durante tres años no sentí ningún olor. Y ahora estoy volviendo a sentir algo. Entonces tengo esperanza”, cerró.