El huevo de la serpiente: la película de Bergman y la pasión por la ignorancia

0
26
Fotograma de la película El huevo de la serpiente de Ingmar Bergman

El film de Ingmar Bergman, estrenado en 1977, aborda el ascenso del nazismo en el Berlín de 1923 y propone una reflexión sobre las condiciones subjetivas que hacen posible la tolerancia social ante la gestación de un desastre. La obra, basada en la metáfora del huevo de la serpiente, plantea que el mal no requiere sujetos extraordinarios, sino individuos que postergan la pregunta por las consecuencias de lo que ya saben.

La película El huevo de la serpiente, dirigida por Ingmar Bergman y estrenada en 1977, se sitúa en el Berlín de 1923. En ese contexto histórico, el nazismo aún no se ha consolidado como régimen político. Adolf Hitler está por fracasar en su intento de golpe de Estado en Múnich y permanece casi invisible para la mayoría de los alemanes.

La cinta aborda el instante previo a una catástrofe que todavía puede evitarse y, precisamente por eso, nadie termina de verla. La imagen que da título al film constituye una metáfora central: ciertas serpientes poseen una membrana tan delgada que, antes de romperse el cascarón, ya puede distinguirse la forma del reptil. El monstruo todavía no ha nacido, pero su silueta resulta inconfundible.

La película muestra una sociedad que ha dejado de reconocer la humanidad del otro y normaliza la violencia antes impensable. No se trata del totalitarismo, sino de sus condiciones de posibilidad. Toda la obra se organiza alrededor de esa imagen: el huevo todavía no se ha roto, Auschwitz aún no existe, Mengele es apenas un estudiante de medicina y las leyes raciales todavía no han sido promulgadas. Sin embargo, el espectador sabe que todo aquello ya está contenido en ese embrión.

Bergman no traduce los diálogos en alemán, lo que aproxima al espectador a la sensación de los personajes de habitar un mundo en el que no entienden qué se dice ni de qué se habla. El reptil que algunos aún no ven, ya se escucha.

La pregunta que plantea el film deja de ser histórica para convertirse en ética y política: ¿cómo es posible que una sociedad contemple la gestación del horror sin reconocerlo como tal? La cuestión no remite solamente a la violencia ni al fanatismo. Antes de ellos aparece un fenómeno más silencioso: el desentendimiento.

La película sugiere que la pasión por la ignorancia no es una característica exclusiva del ascenso del nazismo, sino una posibilidad permanente de la condición humana. Sigmund Freud advirtió que el yo no se caracteriza por su vocación de verdad, sino por preservar una cierta comodidad sustancial, aun cuando ello implique deformar la realidad. El sujeto no desconoce porque ignore, sino porque hay saberes cuya plena asunción modificaría su posición en el mundo.

Jacques Lacan radicalizó esta perspectiva al afirmar que la pasión por la ignorancia no es la simple ausencia de conocimiento, sino una verdadera elección subjetiva. No se trata de no saber, sino de no querer saber aquello que ya insiste en hacerse presente. La fórmula «Ya lo sé… pero aun así…» expresa una forma de goce: el sujeto obtiene una satisfacción paradójica al conservar simultáneamente el saber y su rechazo.

Bergman no filma monstruos, filma personas comunes. Ninguno de sus personajes posee rasgos demoníacos. El científico habla con serenidad; el comisario cumple honestamente su trabajo; Manuela intenta sobrevivir; Abel procura convencerse de que nada de aquello terminará alcanzándolo. Todos encuentran razones comprensibles para seguir adelante. El mal no necesita sujetos extraordinarios; le basta con individuos capaces de postergar indefinidamente la pregunta por las consecuencias de aquello que ya saben.

El laboratorio adquiere un valor que excede la trama. No representa únicamente el nacimiento de una ciencia sin ética, sino que funciona como metáfora de una sociedad entera convertida en laboratorio. Las experiencias realizadas sobre unos pocos anticipan aquello que más tarde será aplicado sobre poblaciones completas. Lo que comienza como experimento termina transformándose en política de Estado.

La película interroga el origen del nazismo para formular una pregunta sobre las condiciones subjetivas que hacen posible que una parte de la sociedad participe, tolere o no quiera reconocer la gestación de un desastre. La respuesta de Bergman no señala una ideología particular, sino una posición frente al saber.

El film continúa siendo contemporáneo porque recuerda que el huevo nunca deja de incubarse. Siempre existen discursos que prometen seguridad a cambio de libertad, conocimientos que se proclaman neutrales mientras producen nuevas formas de dominación, crisis económicas que vuelven aceptables soluciones antes impensables y sujetos dispuestos a convencerse de que el peligro sólo alcanzará a los otros.

La enseñanza más perturbadora del film es que la serpiente nunca nace en un territorio completamente desconocido. Nace allí donde el saber ha dejado de producir responsabilidad. El cascarón se rompe mucho después. Antes, durante largo tiempo, lo único que crece es la capacidad para convivir con aquello que ya vemos.

Freud diferenciaba la represión de la desmentida (Verleugnung). En la represión, una representación resulta expulsada de la conciencia; el sujeto no sabe aquello que ha reprimido. En la desmentida, el sujeto sabe y, simultáneamente, actúa como si no supiera. Ambas posiciones coexisten sin anularse. Lacan condensó esa lógica en la fórmula «Ya lo sé… pero aun así…». Se diferencia la desmentida del desentendimiento: mientras en la primera el fenómeno es ajeno al Yo y es un proceso inconsciente, en el desentendimiento el proceso es consciente aunque el sujeto desconozca sus causas.

Esta estructura atraviesa toda la película. No es casual que Bergman sitúe el núcleo del film en un laboratorio. El científico que años atrás torturaba gatos ya no aparece como un psicópata, se ha convertido en un investigador prestigioso. La crueldad abandona el terreno de la perversión privada para ingresar en el discurso científico. Los experimentos buscan explorar los límites de las emociones humanas: inducir angustia, desesperación, violencia, suicidio.

Lo verdaderamente inquietante no es la violencia sino su legitimación racional. La ciencia deja de preguntarse por la verdad para comenzar a preguntarse por la eficacia. Bergman filma aquí el momento previo al nacimiento de la biopolítica moderna. La farmacología, la psicología experimental y la medicina dejan de constituir saberes sobre el hombre para convertirse en tecnologías destinadas a administrarlo.

El propio científico enuncia la lógica del futuro nazismo cuando afirma que una humanidad mejor exige sacrificios. La frase resulta casi banal. Ningún fanatismo comienza proclamando el exterminio; comienza prometiendo una humanidad mejor. Su suicidio mediante la cápsula de cianuro no constituye un gesto de arrepentimiento, sino el último acto de fidelidad a un ideal. Él desaparece para que sobrevivan sus archivos.

Durante un interrogatorio, Abel comprende que ser judío basta para despertar sospechas. Se le advierte acerca del destino que muchos correligionarios están comenzando a padecer en distintos países europeos. Su respuesta parece tranquilizadora: aquellos son judíos estúpidos; él, en cambio, es suficientemente inteligente para evitar semejante destino. No niega la realidad ni la desconoce. Simplemente se excluye de ella. La fórmula podría resumirse así: «Lo sé, pero a mí no».

Manuela encarna otra modalidad del desentendimiento. Ella no cree en su propia omnipotencia, sino en la protección de los otros. Supone que las buenas relaciones podrán garantizarle leche, leña, techo y seguridad. No vende simplemente su cuerpo; intercambia supervivencia por sometimiento. Acepta pequeñas concesiones convencida de que todavía existe un margen de negociación con el poder. Cuando se entera de la muerte de quien fuera su marido, sólo dice: «ya lo sabía».

El comisario representa una tercera forma del desentendimiento. No es corrupto ni simpatiza con el nazismo. Simplemente continúa investigando delitos individuales cuando el verdadero crimen ya está cambiando de escala. Mientras intenta resolver homicidios aislados, una maquinaria política comienza a organizar la producción industrial de la muerte.

La pasión por la ignorancia no consiste en desconocer los hechos sino en renunciar a extraer sus consecuencias. El sujeto conserva el saber, pero rompe el vínculo que ese saber debería tener con sus actos.

La serpiente nunca aparece de pronto. Antes existen pequeñas concesiones éticas, humillaciones cotidianas, violencias naturalizadas, promesas de orden, discursos científicos desprovistos de límites, miserias económicas que vuelven seductoras las soluciones autoritarias, la sensación de que no hay futuro y, sobre todo, una multitud de sujetos que repiten, cada uno a su manera: «Lo sé… pero a mí no».