En 1997, 12.000 toneladas de cáscaras de naranja fueron depositadas en un área degradada del Área de Conservación Guanacaste, en Costa Rica. Un estudio publicado en 2016 detectó que la biomasa vegetal aumentó un 176% en comparación con un terreno vecino.
En 1997, los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, vinculados a la Universidad de Pensilvania y asesores del Área de Conservación Guanacaste, en el noroeste de Costa Rica, acordaron con la empresa productora de jugo Del Oro el depósito de residuos orgánicos en una parcela degradada del parque. A cambio, la empresa entregó terrenos boscosos de su propiedad al área protegida.
Entre 1998 y 1999, aproximadamente 1.000 camiones depositaron unas 12.000 toneladas métricas de cáscaras y pulpa de naranja sobre tres hectáreas de antiguos pastizales. El proyecto fue suspendido en 1999 tras una demanda presentada por la empresa TicoFruit, competidora de Del Oro, que consideró que el vertido contaminaba un parque nacional. La Corte Suprema de Costa Rica falló en contra del proyecto y el terreno permaneció sin intervención durante unos 15 años.
En 2013, el investigador Timothy Treuer, entonces estudiante de posgrado en la Universidad de Princeton, localizó el sitio. Según declaró, el área estaba cubierta de vegetación y el cartel que identificaba el experimento no era visible. Entre 2014 y 2016, Treuer y Jonathan Choi compararon la parcela tratada con un terreno vecino sin residuos. Los resultados, publicados en la revista Restoration Ecology, indicaron que la parcela con cáscaras presentaba un 176% más de biomasa leñosa sobre el suelo, tres veces más riqueza de especies de plantas leñosas y mayor diversidad de árboles. También se registraron mayores niveles de nutrientes en el suelo.
El estudio documentó la presencia de fauna silvestre y árboles de gran tamaño, como una higuera de aproximadamente 90 centímetros de diámetro. Los investigadores atribuyeron la recuperación a la materia orgánica aportada por las cáscaras, que mejoró las condiciones del suelo compactado y con baja fertilidad, producto de años de pastoreo y quema. Treuer señaló que el caso constituye un ejemplo de secuestro de carbono con costo negativo, ya que la empresa necesitaba eliminar residuos y el ecosistema requería materia orgánica. No obstante, advirtió que los resultados no implican que el vertido de residuos agrícolas sea aplicable a otros ecosistemas sin supervisión científica.

