Un análisis de la administración de Javier Milei destaca la ruptura de inercias y la disciplina fiscal, pero señala la ausencia de una hoja de ruta para consolidar la confianza y el progreso social.
El paso del tiempo podría confirmar dos aspectos del mandato del presidente Javier Milei: su carácter histórico y sus limitaciones. En el plano histórico, se lo podría considerar como la persona que “pateó el hormiguero”, al romper inercias, desafiar consensos agotados, remover temas tabú y reinstalar la disciplina fiscal, aunque mediante una “licuadora” más que una “motosierra”.
El presidente fue votado como consecuencia del cuestionamiento de la sociedad argentina al sistema político y económico que condujo a la decadencia, según el análisis.
Sin embargo, se observa una diferencia entre romper y construir. Romper implicó patear el hormiguero; construir implica que la gente esté mejor. Hasta el momento, esa construcción no aparece, ni tampoco una hoja de ruta para alcanzarla.
El gobierno se concentra casi exclusivamente en lo económico, específicamente en tres ejes: el superávit fiscal logrado por la licuación del gasto en 2024 sin reformas estructurales; el pago de la deuda en dólares con financiamiento externo y en pesos con nueva deuda; y el mercado de cambios, con compras y ventas de dólares, que requirió apoyo del Tesoro estadounidense en 2025 y vuelve a comprar en 2026.
Las reservas aumentan poco y siguen siendo menos negativas que las heredadas. La dolarización de los argentinos absorbe el superávit comercial, generado por importaciones caídas y exportaciones récord en sectores como Vaca Muerta, minería y campo. Los dólares que ingresan se van al colchón, a tarjetas en dólares o al exterior, lo que evita una crisis cambiaria como las de 2014, 2018, 2022 y 2025.
La Argentina cuenta actualmente con superávit fiscal y comercial simultáneos, una oportunidad para evitar una crisis financiera, aunque no es infalible. La energía modifica el balance externo, la minería se expande y el campo aporta exportaciones.
En lo político, el gobierno se centra en la ingeniería electoral para la reelección, como la suspensión o eliminación de las PASO y la habilitación de colectoras en las listas que encabece el presidente. Esta “heterodoxia” política contrasta con la ortodoxia económica.
El superávit fiscal y comercial alcanza para evitar una explosión financiera, pero no constituye una economía normal que mejore la situación de la gente. Quedan preguntas sobre cómo recuperar la moneda, mejorar la productividad, generar movilidad social, corregir la regresividad del modelo, mejorar la distribución sin interferir la inversión, integrar sectores rezagados y crear instituciones que rindan cuentas.
La confianza es esencial para el éxito. Sin confianza no hay moneda; sin moneda no hay crédito; sin crédito e inversión no hay productividad; y sin productividad es difícil mejorar salarios y distribución sin volver a la inflación.
La etapa posterior a patear el hormiguero no ha aparecido. La idea de que “la macro anda bien y falta la micro” es equivocada, porque lo macro no está resuelto. Una macro resuelta generaría un marco previsible para que familias y empresas tomen decisiones con baja incertidumbre.
La estabilidad aún está lejos. Acumular poder de fuego con swaps o reservas que no existen no es un programa, y la discusión sobre una hoja de ruta queda para el próximo gobierno.
La persistencia de la dolarización expresa dudas sobre cómo se reconstruirá el país. El desafío no es un punto medio entre populismo y dogmatismo, sino superarlos. Disciplina fiscal, moneda, productividad, inversión, progreso social, instituciones y confianza son partes de una misma economía normal.
Milei tuvo el mérito de patear el hormiguero, pero la oportunidad mayor es construir después de haberlo hecho.

