Un análisis de la evolución del sistema educativo argentino desde fines del siglo XX hasta la actualidad, según datos de evaluaciones internacionales y declaraciones de especialistas.
La educación en Argentina presenta un deterioro que se ha profundizado de manera gradual desde fines de la década de 1990, según advirtieron distintos especialistas en el área. El profesor Guillermo Jaim Etcheverry, en ese período, señaló lo que denominó “la tragedia” del progresivo deterioro del sistema educativo argentino y sus consecuencias sociales. En una línea convergente, Mariano Narodowski sostuvo que la escuela argentina enfrenta una crisis tanto de sentido como de calidad, en la que los avances en términos de inclusión no siempre estuvieron acompañados por aprendizajes efectivos.
La educación trasciende el ámbito de una política pública específica y se convierte en una dimensión transversal del proyecto de país, ya que de ella dependen la formación de recursos humanos, la generación de capacidades estratégicas, la producción de conocimiento y la construcción de soberanía. Un país que no forma a sus ciudadanos en pensamiento crítico, ciencia, tecnología y cultura queda subordinado a aquellos que sí lo hacen, según el análisis.
Durante buena parte del siglo XX, Argentina exhibió indicadores educativos que lo posicionaban favorablemente en la región. La expansión de la educación pública, la alfabetización temprana y la valorización social del conocimiento constituyeron pilares de un proyecto de movilidad social ascendente. Sin embargo, ese impulso no logró sostenerse en el tiempo debido a la falta de continuidad en las políticas, la pérdida de calidad, la fragmentación del sistema y la creciente desigualdad educativa.
Los datos de las evaluaciones del Programa para la Evaluación Internacional de Estudiantes (PISA) muestran que Argentina se ubica por debajo de los estándares internacionales. En 2022, el país obtuvo alrededor de 378 puntos en matemática y 401 en lectura, por debajo del promedio de la OCDE. La mayoría de los estudiantes no alcanza niveles mínimos en matemática ni en comprensión lectora, según los resultados de esa evaluación.
La crisis educativa se expresa en múltiples dimensiones: bajos niveles de aprendizaje, abandono escolar, deterioro de la formación docente y una desconexión creciente entre la educación y las demandas del mundo contemporáneo. El análisis sostiene que no se trata solo de un problema de recursos, sino de prioridades, visión estratégica y consenso social. La educación dejó de ser el eje ordenador del desarrollo para convertirse, en muchos casos, en una variable de ajuste.
El texto plantea que recuperar la evaluación objetiva de alumnos y docentes resulta necesario para diagnosticar el nivel alcanzado y reinstalar el incentivo al esfuerzo y la mejora continua. También menciona la necesidad de revertir la pérdida de hábitos como la disciplina, la resiliencia y la tolerancia a la frustración.
El análisis concluye que la educación define el posicionamiento de un país en el mundo y que su degradación impacta en la economía, la cohesión social y la formación de las nuevas generaciones de decisores políticos. La dificultad para construir consensos en torno a cuestiones estratégicas, como la soberanía territorial o la protección de la infraestructura crítica, refleja una pérdida de cultura cívica y estratégica, según el texto.
El autor del análisis es profesor de Relaciones Internacionales (UCALP), especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP) y en Asuntos Transnacionales (FPHV).
