Este año se cumplen dos siglos y medio de la obra fundacional de Adam Smith, «La riqueza de las naciones», un hito que invita a reflexionar sobre la vigencia de sus ideas. El filósofo escocés, considerado padre de la economía moderna, postuló al mercado como un espacio de libertad individual y al trabajo humano como el núcleo creador de valor. Su teoría vinculó el progreso económico con la división del trabajo y el aumento de la productividad.
Los pilares de Smith frente a la realidad actual
Smith argumentó que en una sociedad de productores independientes, el valor de las mercancías derivaba directamente del trabajo invertido en ellas. Sin embargo, reconoció que en una economía con acumulación de capital, la ganancia del empresario surgía como recompensa por su frugalidad y capacidad de ahorro. Este punto sería profundizado posteriormente por otras corrientes del pensamiento económico.
Un mundo impensado en el siglo XVIII
El escenario económico global actual presenta desafíos que difícilmente Smith podría haber anticipado. La extraordinaria productividad alcanzada, que en teoría podría liberar tiempo de trabajo, coexiste con fenómenos de desempleo estructural y sobreproducción. La competencia, motor esencial en su teoría, ha evolucionado hacia estructuras de poder oligopólicas y corporaciones de escala global.
La irrupción de tecnologías disruptivas, como la inteligencia artificial, genera una paradoja: mientras promete nuevos saltos productivos, amenaza con desplazar millones de empleos y plantea dudas sobre su rentabilidad a corto plazo. Además, la competencia entre estados y bloques económicos trasciende lo comercial, adquiriendo dimensiones geopolíticas y tecnológicas.
Reinterpretaciones y legado
Con el tiempo, la teoría del valor-trabajo de Smith fue reinterpretada y, en algunos casos, sustituida por enfoques basados en la utilidad subjetiva. Su defensa de la libertad de mercado es esgrimida desde diversas posiciones ideológicas, a veces alejadas del contexto histórico de su obra.
Para los analistas, el mundo actual, con sus crisis recurrentes, tensiones internacionales y transformaciones sociales, pondría a prueba la premisa smithiana de la perpetuidad natural del orden capitalista. El debate sobre quién se apropia del fruto del progreso técnico y cómo se distribuyen sus beneficios sigue abierto.
El aniversario de «La riqueza de las naciones» no es solo una conmemoración histórica, sino una oportunidad para examinar las raíces intelectuales de nuestro sistema económico y sus tensiones irresueltas. La pregunta sobre la capacidad del mercado para autorregularse y generar bienestar general sigue siendo central, con respuestas que varían según la escuela de pensamiento.
