Laura Berbel, reumatóloga: «La masa muscular comienza a perderse a un ritmo del 8% cada diez años a partir de los 40»

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Laura Berbel, reumatóloga del Hospital Universitari de Bellvitge y portavoz de la Sociedad Española de Reumatología

La especialista del Hospital Universitari de Bellvitge y portavoz de la Sociedad Española de Reumatología explica en una entrevista con La Vanguardia cómo se produce el deterioro muscular asociado a la edad y qué lo diferencia de la sarcopenia.

La pérdida de músculo asociada al envejecimiento comienza mucho antes de que sus consecuencias se hagan visibles en la vida cotidiana. Alrededor de los 40 años, la masa muscular empieza a disminuir de forma progresiva, aunque ese descenso no basta para hablar de sarcopenia. «No podemos hablar de sarcopenia por el mero hecho de cumplir años», advierte Laura Berbel, reumatóloga del Hospital Universitari de Bellvitge y portavoz de la Sociedad Española de Reumatología (SER). Para distinguir ambos procesos, importa tanto la cantidad de músculo como la fuerza y la capacidad de mantener la movilidad y la autonomía.

En conversación con La Vanguardia, Berbel explica cómo se produce ese deterioro y por qué algunas enfermedades, determinados tratamientos o una inmovilización prolongada pueden acelerarlo incluso en personas jóvenes. La especialista sitúa los 40 años como una oportunidad para preservar la reserva muscular y detalla cómo se estudia una pérdida de fuerza para determinar si responde al envejecimiento o requiere investigar otras causas.

¿Qué cambios se producen en el músculo alrededor de los 40 años?

A partir de los 40 años, de forma natural, se inicia una pendiente descendente en la que la masa muscular comienza a perderse a un ritmo aproximado del 8% cada diez años. Debemos ver el músculo como un tejido dinámico que alcanza su pico de masa y fuerza máxima alrededor de la cuarta década de la vida.

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¿A qué se debe esa pérdida?

Este proceso se debe a varios factores que forman parte del envejecimiento muscular biológico. Entre ellos están la pérdida progresiva de fibras musculares, especialmente las de tipo II, de contracción rápida, responsables de la potencia y la agilidad; la infiltración de grasa dentro del músculo, denominada mioesteatosis, y una menor eficiencia en la síntesis de proteínas en respuesta a los estímulos habituales. También se produce un deterioro celular que reduce la producción de energía.

¿Qué distingue la pérdida de masa muscular asociada al envejecimiento de la sarcopenia?

No podemos hablar de sarcopenia por el mero hecho de cumplir años. La sarcopenia es una entidad diagnóstica formal caracterizada por una pérdida generalizada y progresiva de masa y función muscular que compromete la movilidad y multiplica el riesgo de caídas, discapacidad y mortalidad. A los 40 años, lo correcto es hablar de envejecimiento muscular o de una pérdida de reserva funcional, y entenderlo como una ventana de oportunidad para prevenir la sarcopenia.

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¿En qué casos puede diagnosticarse?

El diagnóstico de sarcopenia primaria por envejecimiento a los 40 años es excepcional. El cribado de esta forma de sarcopenia se centra en personas mayores de 65 años, de acuerdo con el enfoque de los consensos internacionales, como el del Grupo Europeo de Trabajo sobre Sarcopenia en Personas Mayores, conocido como EWGSOP. No obstante, en la práctica clínica y hospitalaria en España sí podemos identificar pacientes de esa edad con sarcopenia secundaria, es decir, relacionada con otras enfermedades o circunstancias.

Cuatro claves para cuidar el músculo a partir de los 40

  • Entrenar la fuerza dos o tres veces por semana.
  • Mantenerse activo en el día a día, además de los entrenamientos.
  • Asegurar un aporte adecuado de proteínas.
  • Consultar a un profesional si la pérdida de fuerza persiste.

¿Qué enfermedades o tratamientos pueden favorecer esos casos?

Destacan las enfermedades inflamatorias crónicas, en las que la inflamación sistémica actúa como un potente acelerador de la degradación de proteínas. También determinados tratamientos, como los glucocorticoides utilizados de forma prolongada, que pueden bloquear la generación de proteínas y acelerar la destrucción muscular. Otros casos se relacionan con patologías digestivas o metabólicas que cursan con malabsorción o desnutrición subclínica.

¿Pasar mucho tiempo sin poder moverse también puede influir?

Sí. Entre los perfiles que encontramos, hay personas con un sedentarismo extremo, asociado a ocupaciones altamente sedentarias y combinado con periodos de inmovilización prolongada por lesiones previas.

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¿Qué es lo primero que se valora cuando alguien consulta por pérdida de fuerza?

Ante una sospecha clínica, el abordaje diagnóstico se basa en el algoritmo del grupo EWGSOP, concretamente el EWGSOP2. Como estrategia inicial de cribado rápido, podemos administrar el cuestionario SARC-F, que evalúa cinco aspectos de la vida cotidiana. Pregunta por la dificultad para levantar y transportar peso, la necesidad de asistencia para caminar, la dificultad para levantarse de una silla o subir escaleras y el número de caídas sufridas en el último año.

¿Cómo se mide esa pérdida de fuerza?

La fuerza predice mucho mejor el riesgo de sarcopenia que la masa muscular aislada. La prueba clave es la dinamometría de mano. Si los valores están por debajo de los puntos de corte de referencia, establecemos una sospecha fundada.

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¿Qué pruebas permiten confirmar el diagnóstico?

El siguiente paso consiste en evaluar la cantidad y la calidad del músculo. Para confirmar el diagnóstico se utilizan pruebas como la densitometría, conocida como DXA, o la bioimpedancia. En entornos de investigación o en casos complejos, la ecografía muscular de alta resolución también permite medir el grosor y valorar la calidad de los músculos a pie de cama. Para evaluar la gravedad del cuadro, realizamos pruebas de capacidad funcional y rendimiento físico, como el test de velocidad de marcha o la prueba de levantarse y sentarse de una silla cinco veces.

Judit González Pernías

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