El vínculo entre abuelos y nietos: beneficios para ambas partes y claves para una convivencia armónica

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Abuelos y nietos compartiendo un momento de juego y afecto

Especialistas destacan el impacto positivo de la relación intergeneracional en el desarrollo infantil y en la salud cognitiva de los mayores. La clave está en respetar roles y acordar pautas de crianza.

La relación entre abuelos y nietos es un vínculo que, según especialistas, aporta beneficios tanto para los niños como para los adultos mayores. Florencia Sanabria, médica pediatra y psiquiatra infantil, señala que un abuelo disponible puede convertirse en una figura adicional de seguridad y enriquecer el lenguaje, la curiosidad y el sentido de pertenencia del niño. «Se trata de un vínculo intergeneracional de afecto, memoria y continuidad», explica.

Ricardo Iacub, doctor en Psicología y profesor titular de Psicología de la Tercera Edad y Vejez de la Universidad de Buenos Aires (UBA), sostiene que para el chico los abuelos son los primeros con quienes establece un vínculo de cercanía más allá de los padres. «Representan un lugar de confianza. Sin duda, es un vínculo primordial que genera una seguridad exterior primaria a nivel social», enfatiza.

En cuanto al impacto de convertirse en abuelo, Iacub asegura que las investigaciones demuestran que es positivo. «Los informes hablan de la recuperación de un afecto que se había perdido, ligado a un cariño asociado a los hijos, pero que con hijos adultos no se puede expresar de la misma manera», destaca. Además, menciona que gran parte de los estudios remarcan cuestiones relacionadas con la ocupación y la prolongación vital o la percepción de que la vida continúa.

Una investigación reciente publicada en la revista Psychology and Aging, realizada sobre 2887 adultos mayores de 50 años residentes en Europa, concluyó que los que participan activamente en el cuidado de sus nietos tienden a mantener mejor su capacidad cognitiva. El informe indicó que actividades como jugar, conversar, acompañar en tareas y resolver pequeños retos cotidianos se asocian con un menor deterioro de funciones como memoria, atención, procesamiento de información y flexibilidad cognitiva. Sin embargo, el estudio asegura que aquellos abuelos que asumen roles demasiado exigentes o que se sienten estresados por la responsabilidad no evidencian los mismos resultados.

Sanabria reconoce que cuando los padres están presentes, el rol de los abuelos es complementario, no sustitutivo. «Acompañan, sostienen y enriquecen el desarrollo dentro de un marco acordado. No son simples cuidadores sin voz, pero tampoco una segunda autoridad que compite con los padres», sostiene. La especialista distingue funciones: afectiva, práctica, cultural y narrativa, y social y ética.

En el cuidado diario, pueden aparecer situaciones que generen roces entre hijos y padres, en especial en lo que respecta a los límites y a la autoridad. Los temas más frecuentes suelen ser horarios, alimentación, uso de pantallas, educación o manera de poner normas. Yasmin Bellani, psicóloga especializada en gerontología y diplomada en neuropsicología aplicada en adultos mayores, afirma que el principal límite es no confundir roles. «Los abuelos no tienen que convertirse en padres de sus nietos, salvo en situaciones particulares en las que las circunstancias familiares lo requieran. También es importante respetar los tiempos, decisiones y espacios de cada generación. Los abuelos pueden expresar su opinión, pero no necesariamente imponerla», dice.

Bellani advierte que es necesario que los padres reconozcan que tienen derecho a tener una vida propia, a descansar, viajar, trabajar, tener proyectos y decir que no cuando no pueden o no quieren asumir determinada responsabilidad. En cuanto a la autoridad parental, asegura que debe ser respetada. «Los abuelos pueden tener criterios diferentes, pero cuando están en desacuerdo con una decisión de los padres, lo saludable es conversar con ellos y no desautorizar frente al niño», señala.

Testimonios de abuelas consultadas reflejan diversas experiencias. Nora de Krahl, de 64 años, profesora de inglés y madre de tres, cuenta que desde que supo que iba a tener hijos tuvo claro que quería que la cuidaran sus padres. «Confíe en ellos plenamente», recuerda. Marcela Andreatini, de 61 años, abuela de Felipe, de casi un año, comparte tiempo con él todas las mañanas en la empresa familiar y tres días a la semana lo lleva a almorzar a su casa. «Disfrutamos descubrir cada nuevo gesto o sonido, escucharlo reír y sentir que es feliz», dice. Pero aclara que también representa un desafío y una responsabilidad e incluye algunos temores, entre ellos: «Que no se lastime, que pueda consolarlo si llora o que mi energía sea óptima para estar disponible al cien por ciento».

Silvia Toubes, de 74 años, cuida a dos de sus cuatro nietos los viernes. «Disfruto verlos crecer, sus ocurrencias y el cariño que me dan. A su vez, el cuidado representa una responsabilidad», dice. Susana Beatriz Larocca, de 76 años, tiene un solo nieto de casi dos años, que cuida una vez por semana. «No lo tomo como un cuidado; para mí es un recreo por la alegría de estar juntos y reírnos», afirma. Liliana Graciela Farina, de 73 años, busca a su nieta Francesca todos los días en el colegio a las cuatro de la tarde y una vez por semana la lleva a danza urbana. Define la relación como de amor total. «Es la luz de mi vida, mi motor», expresa.

Los especialistas coinciden en que el vínculo entre abuelos y nietos, cuando se ejerce con respeto y acuerdos claros, deja una marca positiva que dura toda la vida.