Familias que eligen el campo: historias de migración hacia entornos rurales en Argentina

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Familia en un entorno rural con niños jugando al aire libre

El movimiento de migración hacia zonas rurales, que comenzó a detectarse tras la pandemia, se manifiesta en familias que dejan la ciudad para criar a sus hijos en contacto con la naturaleza. Dos casos en España ilustran esta tendencia, que en Argentina también se observa en distintas provincias.

En algunas casas, la jornada no comienza con una alarma de teléfono móvil, sino con el canto de los pájaros. No hay notificaciones de correos electrónicos ni mensajes de WhatsApp, sino una rutina marcada por otras prioridades. Esta realidad la viven familias que han dejado la ciudad para instalarse en entornos rurales. Según el Instituto Nacional de Estadística de España, este movimiento comenzó a detectarse tras la pandemia, con un interés renovado por el campo por parte de personas sin vínculo previo con él.

Sin embargo, trasladarse al medio rural implica más que un cambio de paisaje: supone revisar la relación con el trabajo, los horarios, las prioridades diarias y la forma de criar y acompañar a los hijos. Ana Pineda, de 37 años, psicóloga de profesión, vivió durante cinco años en Londres antes de volver a Tenerife y conocer a su pareja, Samu. Encontraron un terreno en el municipio de El Rosario, donde construyeron una finca ecológica. «Cuando nació nuestra primera hija, en 2019, nos gustaba viajar y hacer muchos planes en la naturaleza, pero en la isla no había mucha variedad», explicó Ana.

El proceso de instalación no fue sencillo. En la finca no había nada, solo árboles frutales, y coincidió con el nacimiento de su tercera hija y el peor incendio en Tenerife. En 19 meses levantaron el proyecto que hoy combina vida familiar y contacto con animales. «Pensamos en el sitio al que nos gustaría ir como familia», comentó. El cambio no les resultó radical: «Vivimos en una isla y estamos a cinco minutos en coche del pueblo y a quince del área metropolitana», agregó.

Otro caso es el de Aurora Matés, de 35 años, quien decidió en 2026 dejar su actividad como emprendedora para mudarse a una aldea gallega de aproximadamente 50 habitantes. Tras unas vacaciones y conversaciones con vecinos, surgió la oportunidad de comprar una casa. «Si manteníamos el negocio, nos íbamos a llevar el estrés con nosotros», narró. La familia no siente vértigo ante la nueva etapa: «Tenemos muchas ganas. Soy consciente de que no es lo mismo ir de vacaciones que vivir aquí», afirmó.

Ambas familias tenían un deseo compartido: que sus hijos tuvieran otra infancia. «Queríamos que al abrir la puerta de casa hubiese tierra y no un coche pasando. Que nuestros hijos crecieran en la naturaleza, jugando, llenos de tierra y cuidando de sus animales», relató Ana Pineda. En su caso, la transición se produjo cuando las niñas eran pequeñas, por lo que no experimentaron una adaptación difícil. Aurora, por su parte, señaló que sus hijos, que tienen Trastorno del Espectro Autista (TEA), pasaron de una clase de veinticinco niños a una de ocho.

La vida en el campo presenta desafíos. «Es un trabajo sacrificado. El campo no entiende de mal tiempo, los animales comen todos los días», enumeró Ana. Aurora mencionó como desafíos la reforma de la casa y la distancia con los abuelos de sus hijos. «Hemos comprado una casa en la misma aldea para que puedan venir temporadas largas», expresó.

Ambas familias recomiendan la experiencia, pero advierten sobre las dificultades. «Vivir como vivimos no es para todo el mundo. Se ve muy idílico cuando vienes de visita unas horas, pero hay mucho trabajo y preocupaciones», señaló Ana. Aurora y su pareja preparan un proyecto para ayudar a familias que quieran realizar este cambio de vida, aunque aclaran: «Si solo vienes por el precio, no es tu lugar».