Un análisis de estudios longitudinales y transversales revela que la supuesta caída de la inteligencia con la edad responde en gran parte a efectos generacionales y metodológicos, aunque ciertas capacidades sí disminuyen.
La creencia de que la inteligencia declina inevitablemente después de la juventud ha sido puesta en duda por múltiples investigaciones. Un repaso de la evidencia disponible muestra que el fenómeno es más complejo de lo que sugiere el sentido común.
El efecto Flynn y las comparaciones generacionales
Los primeros estudios que parecían demostrar el declive intelectual comparaban a personas de distintas edades en un mismo momento. Sin embargo, estas comparaciones no tenían en cuenta que cada generación nace en contextos diferentes. El efecto Flynn, documentado por el investigador James Flynn, indica que cada generación puntúa más alto en tests de razonamiento abstracto debido a mejoras en educación, nutrición y estimulación temprana.
Cuando los investigadores Dickinson y Hiscock ajustaron los resultados de la escala Wechsler de inteligencia para adultos (WAIS) por efecto generacional, encontraron que este explicaba entre el 38% y el 67% de las diferencias observadas. En los subtests verbales, el efecto Flynn incluso invertía la tendencia: las personas mayores rendían mejor que las más jóvenes.
Estudios longitudinales y sus limitaciones
Los estudios que siguen a los mismos individuos a lo largo del tiempo, como el Estudio Longitudinal de Seattle, no encuentran caídas significativas antes de los sesenta años. No obstante, estos diseños presentan un sesgo: la repetición del mismo test mejora el rendimiento por práctica, no por un cambio real en la capacidad cognitiva.
Timothy Salthouse, investigador de la Universidad de Virginia, comparó los tres diseños posibles y concluyó que gran parte de la estabilidad observada en estudios longitudinales es un artefacto de la repetición. Por su parte, K. Warner Schaie, director del Estudio de Seattle, sostiene que el efecto de práctica es pequeño. Ambos expertos mantienen posiciones divergentes al respecto.
La tendencia inversa del CI
Un tercer elemento cuestiona la premisa de que cada generación es más inteligente. Un estudio de Bratsberg y Røgeberg con 730.000 conscriptos noruegos mostró que el promedio de CI alcanzó su punto máximo en la cohorte nacida en 1975 y desde entonces ha caído 0,2 puntos por año. Esta tendencia se replica en otros países europeos y en Estados Unidos, y se atribuye a factores ambientales, no genéticos.
El papel de la profesión y la educación
La investigación de Salthouse sobre profesores universitarios indica que, aunque parten de un nivel cognitivo más alto, su declive sigue un patrón similar al de otros grupos. La complejidad del trabajo, definida como la resolución de problemas no rutinarios con autonomía, sí parece tener un efecto protector sobre la flexibilidad mental, según estudios de Kohn y Schooler replicados en cuatro países.
En cuanto a la educación, un estudio reciente con más de 400.000 mediciones en 33 países halló que las personas con mayor nivel educativo tienen mejor memoria y mayor volumen cerebral, pero declinan al mismo ritmo que aquellas con menos estudios. La hipótesis predominante es que la educación no crea la ventaja cognitiva, sino que la refleja: las personas más inteligentes tienden a estudiar más.
Conclusiones matizadas
La evidencia disponible sugiere que el razonamiento puro puede disminuir con la edad, pero de forma más lenta y tardía de lo que se creía. El conocimiento acumulado, en cambio, tiende a aumentar hasta la vejez. Ni la precocidad intelectual ni la educación formal protegen completamente del declive. El factor que aparece asociado a un mejor rendimiento en la vejez es la práctica continua de actividades que impliquen resolver problemas complejos.
