Cada domingo, miles de personas se congregan en plazas de Buenos Aires para participar en carreras urbanas. Este artículo describe la experiencia de un acompañante que observa el ritual desde la vereda.
Todavía está oscuro. Es un domingo bien temprano en una plaza de Buenos Aires y el pasto está mojado por el rocío. El espacio está helado y lleno de personas: mujeres, hombres, jóvenes, adultos, madres, hermanas, abuelos, amigos, parejas, mascotas, entrenadores, hinchadas y profesionales. En el medio, un observador sostiene un vaso térmico con té que quema los labios. Su novio, vestido con pantalón corto y remera de manga corta, elonga las piernas y estira los brazos. En unos minutos correrá diez kilómetros con el objetivo de bajar su mejor tiempo.
El observador recuerda que antes compartía con su pareja una serie de máximas sin justificativo: que los Redondos están inflados, que lo mejor que se puede comer en Argentina es pizza, que las bermudas se dejan de usar a los 40, y que la gente que corre molesta. Sin embargo, su novio se cruzó de bando y comenzó a correr: primero un kilómetro, luego más, hasta llegar a su primera carrera de diez kilómetros. Ahora están a dos meses de la media maratón. Él está concentrado; el observador, muerto de frío, se aguanta.
El observador describe su incomodidad: los pies congelados, el té intomable, y la gente que corre vestida como si hiciera 23 grados, con la emoción de un niño. Señala que los corredores son personas que hacen deporte incluso de vacaciones, que dicen extrañar si no salen, que compran zapatillas según la velocidad a la que apuntan, que se juntan con otros para correr, que cortan calles, que corren a las 5 de la mañana antes de ir a la oficina y que incluso corren bajo la lluvia.
El observador se queda parado a media cuadra de la llegada para ver y grabar a su novio. Reflexiona que los corredores son más de quince mil. No salen un sábado a la noche, no miran otro capítulo de una serie, no comen hasta el hartazgo, no sufren el agobio del mundo, o quizás corren por eso. Se ponen metas y las cumplen. Tienen constancia, ganas, un plan y pares. Son parte de algo. Pasaron por encima del hastío de empezar a correr, lo atropellaron, lo vencieron, lo maldijeron pero siguieron. En unas semanas hay una nueva carrera, también domingo. El observador planea poner el despertador a las 6 para no perdérselo.
