La llegada del empresario Foster Gillett al club uruguayo generó expectativas de una transformación que no se concretó. Ante su retirada y la falta de inversión, los simpatizantes organizan rifas para mantener la infraestructura.
La ilusión de Rampla Juniors de transformarse en una potencia regional de la mano de Foster Gillett se desmoronó por completo. El magnate estadounidense, que llegó con la promesa de construir un «Estadio Boutique» de última generación, desapareció del mapa institucional, dejando al club en una situación de vulnerabilidad extrema.
Hoy, la realidad golpea fuerte: mientras el proyecto de élite quedó en el olvido, son los hinchas autogestionados quienes deben organizar rifas para comprar pintura y mantener el Estadio Olímpico en pie.
El arribo de Gillett a la Villa del Cerro se presentó como el inicio de una era dorada. El empresario, con pasado en el Liverpool inglés, proyectaba una infraestructura que posicionaría al «Picapiedra» como un modelo a seguir en el fútbol uruguayo. Sin embargo, las maquetas y los discursos grandilocuentes fueron reemplazados por deudas y una incertidumbre administrativa que pone en jaque la participación del equipo en los torneos oficiales.
Ante la ausencia de inversiones y el vacío de poder, la comunidad ramplense tomó las riendas. A través de redes sociales, un hincha dio a conocer la realidad del equipo, donde la preocupación no es solo estética por las tribunas del estadio, sino existencial: existe el temor real de que el club termine compitiendo en la división amateur si no se regulariza la situación económica.
