Una psicóloga forense explica que las conductas violentas en niños y adolescentes no deben considerarse juegos inocentes, sino señales de alerta que requieren intervención adulta y trabajo preventivo.
La muerte de un adolescente de 13 años en una escuela de San Cristóbal, provincia de Santa Fe, y otros incidentes con armas o simulaciones de violencia en establecimientos educativos de Santa Cruz y El Palomar, reabrieron el debate sobre las herramientas para abordar la violencia escolar.
La psicóloga y perito forense Luciana Canziani analizó la situación. «Cuando un chico juega a fusilar o a agredir física o verbalmente a otro, no está jugando: está mostrando un límite que se perdió», afirmó. Para la especialista, estas acciones no son hechos aislados ni simples bromas, sino señales de alerta que hablan de múltiples factores en juego.
Canziani señaló que, si bien existen protocolos de actuación en la mayoría de las jurisdicciones, su eficacia depende de una implementación real y no meramente formal. «Las herramientas claves son la prevención, la detección temprana y la intervención interdisciplinaria», explicó. Destacó la necesidad de que la escuela trabaje en educación emocional y que los padres mantengan un rol activo, con escucha y presencia real.
La psicóloga aclaró que no todos los casos de acoso escolar derivan en violencia extrema, pero advirtió que la combinación de factores de riesgo como aislamiento, sufrimiento psíquico, falta de adultos disponibles, acceso a armas y modelos violentos puede volver crítico el escenario.
Respecto a las señales de alerta, Canziani explicó que tanto quienes sufren bullying como quienes lo ejercen suelen manifestar indicadores, pero estos no siempre son evidentes. En las víctimas pueden observarse retraimiento, cambios en el ánimo, somatizaciones o bajo rendimiento escolar. En quienes ejercen la agresión, las conductas suelen ser naturalizadas o minimizadas, interpretándose como ‘problemas de conducta’ aislados.
La experta concluyó que se trata de conductas que emergen de la interacción entre factores personales, vinculares y sociales, y que siempre deben ser tomadas como señales que requieren escucha, intervención adulta y trabajo preventivo.
