En la década de 1940, mientras la Patagonia argentina comenzaba a transformarse de territorio remoto en destino turístico, una familia influyente concibió un proyecto audaz: construir un palacio de estilo francés frente al lago Nahuel Huapi. La obra fue encargada a Alejandro Bustillo, uno de los arquitectos más destacados del siglo XX en el país, quien ya había dejado su huella con íconos como el Hotel Llao Llao y el Casino de Mar del Plata.
Un proyecto familiar en tierra de pioneros
El impulso inicial partió de Sara Madero de Demaría Salas y su esposo, José Mariano Evaristo Demaría Sala, quienes visitaron la zona de Cumelén atraídos por las descripciones de su primo, Exequiel Bustillo, entonces director de Parques Nacionales. En el marco de una política estatal que fomentaba la colonización de Villa La Angostura, Sara adquirió un lote en la zona pastoril, frente a la actual Bahía Mansa, con la obligación de edificar en un plazo de cinco años.
Tras el fallecimiento de sus padres, Sara decidió materializar el sueño familiar y encomendó el diseño a Alejandro Bustillo, hermano de Exequiel. La elección no fue casual, sino que reflejaba los estrechos vínculos entre las élites económicas y culturales de la época, donde familias como los Madero, los Unzué y los Bustillo tejían redes de influencia.
La firma de Bustillo: monumentalidad adaptada al sur
Alejandro Bustillo tomó como referencia una casa en San Isidro y la transformó en un diseño que se expandió hasta convertirse en un «manoir» o casa señorial francesa, adaptada al contexto patagónico. Ante el temor de la propietaria a los incendios, el arquitecto optó por utilizar granito de la zona para la estructura exterior, un material ignífugo que aportaba solidez y permanencia.
El techo se cubrió con pizarra gris, mientras que la ubicación fue meticulosamente elegida: frente a la península de Quetrihué y con la Estancia Huemul como telón de fondo, buscando un equilibrio entre estabilidad geográfica y belleza escénica. La residencia se inscribió así en el paisaje como un gesto de desafío y domesticación.
Un nombre con simbolismo
La elección del nombre, «El Messidor», añade una capa de significado. Proveniente del calendario revolucionario francés, significa «mes de la cosecha» o «mes de oro», evocando espigas doradas y abundancia. La familia ya había usado esta denominación para una casa atlántica, pero al trasplantarla a la montaña, dotó al proyecto de una nueva resonancia: la promesa de plenitud en medio de la vastedad.
Más que una casa: un símbolo de una época
El Messidor no fue concebido como una simple residencia de verano, sino como un manifiesto arquitectónico y cultural. Representó la voluntad de inscribir a la Patagonia en la cartografía nacional como un espacio de sofisticación y prestigio, atrayendo turismo e inversión.
Su construcción coincidió con un momento de transformación para Neuquén, impulsado por la creación de Parques Nacionales. La obra se erigió como un puente entre tradiciones europeas y aspiraciones locales, entre la memoria familiar y un proyecto país que oscillaba entre la tradición y la modernidad. Hoy, El Messidor permanece como un testimonio material de aquella época, guardando entre sus muros de piedra la historia de una Argentina que soñaba con moldear su geografía más extrema.
