Investigaciones de universidades como Harvard y Waterloo revelan que el acto de dibujar, incluso con trazos simples, activa múltiples rutas mentales y mejora la retención de información, la organización de ideas y la atención infantil.
Dibujar parece un juego inocente: un lápiz, una hoja y un rato de silencio. Pero, para el cerebro, esa escena es mucho más intensa de lo que parece. Lo curioso es que el beneficio no depende de “dibujar bien”. De hecho, la mayoría de los hallazgos se sostienen incluso cuando los dibujos son simples, torpes o infantiles. La clave está en lo que ocurre mientras el niño dibuja: el cerebro no solo “mira” o “escribe”, sino que mezcla varias rutas mentales al mismo tiempo.
Según expertos de la Universidad de Harvard, las experiencias creativas durante la infancia contribuyen al desarrollo de funciones ejecutivas. Desde la década de 1960, el programa Project Zero utiliza el concepto de “pensamiento visible” (Visible Thinking) para describir estrategias que permiten hacer explícitos procesos mentales, donde el dibujo aparece como una de las herramientas posibles para organizar y exteriorizar ideas.
En esa línea, distintas investigaciones señalan que los chicos que dibujan con frecuencia tienden a fortalecer estas habilidades cognitivas desde edades tempranas. La habilidad que suele destacarse es la memoria, en especial la capacidad de retener información de forma más duradera, gracias a que el dibujo obliga a “codificar” lo aprendido por varias vías.
La explicación más aceptada se conoce como el drawing effect (efecto del dibujo). En lugar de procesar la información de una sola manera, cuando alguien dibuja activa al mismo tiempo el componente visual (imaginar y representar), el componente motor (el gesto de trazar) y el componente semántico (pensar qué es lo que se quiere expresar). Esa integración crea una huella más sólida que leer o copiar sin transformar el contenido.
En experimentos comparativos, dibujar para estudiar suele superar a otras estrategias de codificación, incluso en personas que no se consideran “artistas”. Un ejemplo muy citado es el trabajo de Wammes, Meade y Fernandes, un equipo de psicólogos cognitivos de la Universidad de Waterloo, en Canadá, que mostró mejoras robustas en recuerdo libre cuando los participantes dibujaban en vez de escribir.
En los chicos, esto puede traducirse en ventajas concretas: recordar vocabulario, organizar ideas, construir relatos, fijar conceptos de ciencias o historia y sostener la atención durante más tiempo. Además, el dibujo funciona como “puente” para quienes aún no dominan del todo la escritura: les permite expresar y ordenar información sin depender exclusivamente de palabras.
Para aprovecharlo, no hace falta convertirlo en tarea pesada. Sirven hábitos simples: pedirles que dibujen lo que entendieron de un texto, que representen con un esquema una explicación, o que creen una viñeta de lo que aprendieron en clase. Lo importante es que el dibujo sea una forma de pensar, no solo de “decorar”.
