Hace algunos años, una campaña publicitaria conmovió al mundo: Real Beauty Sketches. El experimento era simple, pero revelador. Se les pidió a varias mujeres que describieran su rostro y su cuerpo a Gil Zamora, un artista forense entrenado por el FBI. Él estaba detrás de una cortina, sin verlas. Solo con sus palabras dibujaba un retrato.
Luego, un desconocido describía a la misma mujer, y Gil hacía un segundo dibujo, esta vez basado en la mirada del extraño.
El resultado fue sorprendente: los retratos hechos a partir de las descripciones de los extraños eran más bellos, más luminosos y, sobre todo, mucho más precisos. Los dibujos basados en la propia autopercepción, en cambio, resultaban apagados, tristes, irreconocibles.
La conclusión fue demoledora: solemos ser pésimos narradores de nuestra propia historia. Nos contamos mal. Nos miramos con los ojos de la crítica, del miedo, de las heridas acumuladas. Mientras tanto, alguien que nos ve desde afuera, con objetividad y frescura, reconoce una belleza que nosotros mismos nos negamos.
¿Cómo puedes atreverte a dibujarte a ti mismo como algo menos que maravilloso?
El traje deformado
Jack Feffer, un hombre muy apuesto soñaba toda su vida con un traje de seda italiana, hecho a medida. Finalmente encargó uno al célebre sastre Sheldon Klein. El día de la prueba final, Jack se lo puso y notó algo extraño:
—No me queda bien en el hombro derecho, dijo.
—Ah, eso es porque tu hombro se inclina un poco. Solo súbelo y verás cómo encaja, respondió el sastre.
Jack levantó el hombro. El traje lució mejor.
—“Ahora la pierna izquierda… los pantalones se ven cortos”, protestó Jack.
—“Claro, tu pierna derecha es un poco más corta. Endereza la derecha y dobla la izquierda, y listo”, sugirió Klein.
Jack obedeció.
Y así siguió: rodillas dobladas, brazo encogido, hombro levantado. Finalmente salió a la calle deforme, caminando con posturas extrañas para “lucir perfecto”.
Dos hombres lo vieron pasar y uno comentó:
—“¡Qué genio este sastre Klein! Tomó a un hombre con un cuerpo muy extraño y logró hacerle un traje tan hermoso”.
Esto no te pasó a vos, nos pasó a los dos
Está historia irónica encierra una verdad dolorosa: muchos vivimos la vida como Jack Feffer. Tenemos un “traje” hecho de expectativas externas: lo que nuestros padres esperaban de nosotros, lo que la sociedad nos exigió, lo que el dolor y la carencia nos hicieron creer que éramos. Para que ese traje encaje, torcemos nuestra esencia, doblamos el alma, forzamos los gestos. Y poco a poco terminamos creyendo que esa deformidad es nuestra verdadera identidad.
Pero no lo es. Ese “traje” es solo la voz del miedo, del rechazo, de las heridas. Lo auténtico —el verdadero Adam, el ser humano íntegro— queda escondido, cubierto por capas de inseguridad, enojo, ansiedad y soledad.
El miedo de Rab Zusha
En este punto me viene a la mente la historia de Rab Zusha de Anipoli, un maestro jasídico recordado por su sencillez y humildad. En su lecho de muerte, lloraba desconsolado. Sus discípulos le preguntaron:
—“Rebe, ¿por qué lloras? ¿A qué le temes?
Zusha respondió:
—“No. Cuando llegue al cielo no me preguntarán por qué no fui como Abraham o Moisés. Me preguntarán: ‘Zusha, ¿por qué no fuiste Zusha?’… Y a eso temo no saber qué responder.”
La invitación
Entre el experimento de belleza, el chiste del traje y la lección de Rab Zusha, la enseñanza es clara: demasiadas veces nos vemos más feos de lo que somos, nos doblamos para encajar en trajes ajenos y nos olvidamos de ser nosotros mismos.
Cuando uno cambia, todo cambia
Tal vez ha llegado la hora de mirarnos de nuevo. De recordar que no somos el traje, sino el alma que lo viste. Que no somos la crítica ni la herida, sino la chispa de Divinidad que llevamos dentro.
Y quizás, solo quizás, el desafío más hermoso de la vida no sea seguir ajustándonos a un traje mal hecho, sino atrevernos a coser uno nuevo: el de la autenticidad, la confianza y la belleza de sabernos lo suficiente.
Porque la verdad es simple, aunque solemos olvidarla: somos mucho más hermosos —y mucho más nosotros— de lo que imaginamos.
Buen fin de semana.
(*) Rafael Jashes – Rabino