Mundos íntimos. Mi tatarabuela fue esclava: yo vivo lejos de mi familia y a veces pienso cómo habrá sido para ella dejar la suya

Hoy me han vuelto a preguntar por qué estoy aquí. Otra vez. Supongo que es inevitable. Cuando hablo queda claro que hay algo a lo que no pertenezco, algo que no soy, que no es lo mío. ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo caí en esta humilde capital de provincias? ¿Qué hago en Pamplona?, me preguntan con…

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Hoy me han vuelto a preguntar por qué estoy aquí. Otra vez. Supongo que es inevitable. Cuando hablo queda claro que hay algo a lo que no pertenezco, algo que no soy, que no es lo mío. ¿Cómo llegué aquí? ¿Cómo caí en esta humilde capital de provincias? ¿Qué hago en Pamplona?, me preguntan con cierta curiosidad, como si algo no encajara, como si no tuviera del todo sentido.

Me pregunto si a mi tatarabuela de Cabo Verde le hacían esa pregunta en Buenos Aires o si simplemente asumían que era una esclava de algún lugar lejano. Me pregunto de qué origen fue arrancada. De qué violencia venía. Cómo hacía para pertenecer. A qué se aferraba. En dónde buscaba su libertad. En dónde encontraban sus manos los hilos para tejer amor, para crear su mundo en unas circunstancias tan crueles. Me pregunto si llegó a encontrar su propio lugar en tierra ajena.

Y ¿yo? ¿Qué hago aquí? Antes tenía que mentir, ocultar el verdadero motivo. Utilizar palabras sin verdad, muertas. Ahora digo que estoy aquí por amor. Ya no tengo motivos para mentir, ya no tengo que cubrirle las espaldas a nadie. Vine por un hombre. Me enamoré y me lancé a la aventura. Me movió el amor, pero de algún modo ya arrastraba el anhelo de irme. Me imaginaba viviendo lejos. Pensaba en la distancia. ¿Qué es lejos? ¿Lejos de qué?

Paula, la tatarabuela de Cabo Verde que fue esclava, junto a Juan, tío de Rocío Wittib, cerca del año 1948.

Pienso que aprendí a anhelar esa distancia de los ojos, de la alegría, del acento de una de mis bisabuelas. En ella había un horizonte, un lugar lejano, una forma diferente de hacer las cosas, de nombrar, de cantar, de vivir. Era de Corvelle, un pueblo de Ourense. La abuela Conce, la abuela de mi mamá y de mis tías. La madre de la tía Luz, el tío Hugo y de mi abuela Yolanda, la abuela que no conocí. Yolanda, la madre que le faltó a mi mamá y a mis tías demasiado pronto. Ahora tengo 33, los años que tenía cuando murió. Los cumplí muy consciente de la edad que estaba alcanzando. Supongo que el tiempo que somos está marcado por el tiempo que fueron nuestras personas antes. Igual que nos marcan sus historias, sus orígenes.

Aquí mucha gente habla de sus apellidos, de sus ocho apellidos. Hay un orgullo particular entre algunas personas por el hecho de que todos sean del mismo origen. Las raíces, los lugares de nacimiento, los antepasados. Es curioso. Mis orígenes son tan diversos que sería absurdo sentirme orgullosa de uno y no de otro, de aquí y no de allá. Supongo que me resulta azaroso y anecdótico el lugar de nacimiento, y por eso no encuentro razón de orgullo en ello porque mi historia, igual que la historia de la humanidad, es la historia de las migraciones. Es decir, la historia del azar.

Wittib, Grimoldi, Olivera, Rodríguez, Sartori, Poma, Luckaup, González. Esos son mis ocho apellidos. Mi abuelo, el padre de mi papá, nació en Transilvania aunque pertenecía a una colonia de alemanes. Mi segundo apellido es italiano, no sabemos bien quién lo trajo a nuestra sangre. Mi bisabuela y bisabuelo por parte de mi mamá llegaron a Buenos Aires desde Galicia. Alguien llegó del norte de Argentina. Mi bisabuela por parte paterna era italiana y mi bisabuelo era hijo de mi tatarabuela de Cabo Verde y de un marinero sueco.

En la imagen (de izquierda a derecha, sentadas) la tía Clotilde, la bisabuela María, la bisabuela Conce y, de pie, a la madre de Rocío Wittib con ella en brazos.

Pienso en Paula, mi tatarabuela esclava. Vivió más de 100 años, dicen que 110. Su apellido real no lo sabemos, llevaba el de la familia a la que servía, Olivera. Tuvo dos hijos. Tomás con un hombre esclavo y Pedro con el marinero sueco. Así que Pedro, el abuelo de mi papá, nació negro con ojos azules. Al parecer a Paula se la llevaron de Cabo Verde unos portugueses, la vendieron en Brasil y de Brasil la llevaron a Argentina. Nunca volvió a Cabo Verde.

Supongo que si tengo alguna fortaleza en mi ser, viene de ahí. De la fuerza de mi tatarabuela Paula para soportar la esclavitud, para sobrevivirla, para seguir adelante y vivir más de 100 años. De la fuerza de Magda que salió con 10 años del puerto de Génova y nunca volvió a salir de Buenos Aires. De la fuerza de mi bisabuela Concepción al irse con 18 años de Corvelle a buscar su propio destino, a vivir su propia vida. De la fuerza de todas y todos los que resistieron y se aventuraron con mi sangre antes que yo.

Mi bisabuela Concepción llegó a Buenos Aires en barco huyendo de un casamiento que le habían arreglado sus padres. Querían casarla con un hombre mayor. Se negó al casamiento y se marchó. Nunca volvió a ver a su madre, ni volvió a su pueblo hasta que fue mayor, 50 años después. La huída también es búsqueda. Aunque no sepamos muy bien de qué. Al tiempo de llegar a Buenos Aires se encontró un día por Avenida de Mayo con Isauro, un hombre aproximadamente de su edad, vecino de otro pueblo de Galicia. Y nació el amor.

Mi amor nació en una mirada. Yo tenía 22 años, la edad en la que el amor se encuentra así, un día de repente, a primera vista. Entró en mi vida como un animal salvaje, me comió el corazón. Estaba casado y tenía 46 años. Trabajábamos en la misma empresa. Vivíamos en Buenos Aires, mi ciudad, donde él era un directivo forastero. Me enamoré al mirarlo, sin saber absolutamente nada de él, sin haberlo visto nunca antes. De esa mirada nacieron ocho años de aventuras. Esa es la historia que me trajo hasta aquí. Un relato clásico de amor romántico ya un poco pasado de moda.

Llegué a Pamplona con un visado francés. Fue la única manera que encontré para poder moverme libremente por Europa durante un año. Los visados, esa forma de colonialismo actual. Depende qué pasaporte o nacionalidad tengas puedes ir a tal o cual país con o sin visado, con o sin restricciones de tiempo, con más o menos posibilidades. No somos iguales unas que otros. Mis bisabuelos de Galicia no tuvieron mayor inconveniente al llegar a Buenos Aires. No ha sido igual para mí al hacer la ruta inversa casi 100 años después. No es lo mismo ir de norte a sur que de sur a norte.

Cuando caducó el visado estuve a punto de volver a Argentina: no encontraba alternativas para quedarme al amparo de la legalidad. Pero el hombre al que amaba me pidió que no me fuera. Dijo que se iba a divorciar y que podríamos casarnos para no tener problemas de papeles. Las promesas, otro clásico del amor romántico de amantes. Así fue como entré en la ilegalidad. Puede que haya tomado malas decisiones, no lo niego, no me importa demasiado. Si es así, ni siquiera me arrepiento.

¿Se preguntarían mis tatara y bisabuelas, de tanto en tanto, qué hacían en Buenos Aires? ¿Qué significaba para ellas estar ahí? ¿Cómo sentían el territorio en el cuerpo, en la identidad? Llevo casi siete años en esta amable ciudad y a veces, de pronto, me invade una extraña sensación, un golpe de conciencia me sacude, me entra la desorientación existencial. Como un cortocircuito del espíritu que en lugar de chispas lanza preguntas, dudas, cuestiones. Al principio de la ilegalidad estaba desorientada. No sabía muy bien qué hacer. Después me sentí atrapada. Imposibilitada. Paralizada en esa forma de no ser, en ese anulamiento existencial. La falta de papeles es un abandono en los limbos, en la crueldad de los estados. El mundo se vuelve una barrera, un muro, un no. Y las personas nos volvemos invisibles. Habitamos entre lo incierto y el miedo, a la espera de que las cosas cambien, de que el tiempo pase, de volver a caminar al otro lado de la sombra.

Mi motivo, al menos, no era dramático como el de otras personas ilegales que lo están por cuestiones realmente graves, duras. Tal vez igual de duras que las de mi tatarabuela Paula. Está claro que la vida se ensaña con quienes muerden el hambre, la opresión, el horror. No hay más que verlo. Cada día son más evidentes las desigualdades. Es el síntoma de estos malos tiempos. En cambio, mi motivo era un pecado. Mi circunstancia una aventura. Un argumento kamikaze. Un sentimiento que me llevó demasiado lejos.

Él desapareció de mi vida de repente. Una noche fuimos al teatro, luego a cenar, nos despedimos como cualquier día y no volví a verlo. A veces todavía me pregunto ¿dónde está? ¿Qué ha pasado? Miro de vez en cuando las llaves de su casa como si pudieran abrirme la puerta hacia alguna respuesta. Su existencia se me ha vuelto un iceberg dentro. Una masa inmensa de hielo a la deriva por mis entrañas. Hay quienes perciben su presencia flotando en mis ojos, lo que nadie ve es su profundidad clavándose en mi fondo.

Me las arreglé como pude. Pasé una temporada limpiando casas y cuidando niñas hasta que conseguí gracias a un amigo, un cómodo trabajo desde casa. No estaba mal pero la ilegalidad seguía ahí, en mí, en mi cuerpo, en mi lugar de origen, en mis documentos, en la imposibilidad de vivir en las cosas del mundo, en la contradicción de vivir intentando no habitar. En la preocupación de mi mamá, de mi papá, de mi hermano, de mis hermanas, de los familiares, de las amigas.

En lo de vivir sin habitar tenía cierta experiencia. La de la amante, claro. Sabía borrarme a mí misma, pasar desapercibida, ser discreta, esconderme, callar. Es decir, sabía vivir en el lado contrario de la vida, que no es la muerte sino la no vida. La no vida que es la vida silenciada, la vida reducida a no ser más que un secreto, un desliz. La vida que se aleja escondiéndose de la vida. Así que estaba un poco acostumbrada. Ya era, en cierto modo, invisible. Ya sabía hacer trampa y jugar a no ser.

Mi situación a pesar de todo en comparación con la de otras personas ilegales no era tan mala. Quiero decir, tuve momentos felices, divertidos, risas, viajes, borracheras, alegrías. Incluso publiqué un libro estando ilegal. No estaba segura de querer publicar, ni del libro pero se dio la oportunidad y me pareció divertido, absurdo, paradójico poder hacerlo sin tener papeles. Hicimos hasta una presentación pública, fue gracioso. A veces la vida tiene esas sorpresas, esos chistes. Esas extrañas formas de resistencia.

Aún así, a menudo tenía la sensación de que la vida ocurría fuera de mí, delante de mis ojos. Yo la miraba pasar como se mira un río, a un costado de su fluir. Los días, los meses, el daño. Pasaban. Yo a un costado, mirando. Esperando. Arrastrando el peso de mi iceberg, soportando su gélido dolor. Atrapada en el vértigo del presente que no conoce futuro. Condenada a la incertidumbre, esa gran compañera, ese pan de cada día, ese aprendizaje, esa sombra, paisaje, escozor.

Para salir de la ilegalidad tuve que esperar. Parece fácil pero ese tiempo de espera, además de un despropósito, es un tiempo en el que reina la vulnerabilidad y el desasosiego. Es decir, un tiempo tirano, un tiempo que se convierte en una garra más de violencia estructural clavándose en la carne. Dicen, espera un poco, aguanta, si soportas, si no te quedas por el camino, si no te pierdes, si sobrevives, podrás quedarte. La ley del más fuerte. Así funcionan las modalidades del sistema. El refugio es prisión. Siempre hay que cumplir alguna condena.

Dos años después de pensar que iba a casarme con el amor de mi vida, esa fantasía que me costó la ilegalidad, conseguí la residencia. Y aquí sigo. No supe irme, no quise, no pude. No sé muy bien. Algo me mantiene en esta ciudad. El tiempo hila sus propias tramas. El territorio echa raíces dentro mientras vamos y venimos. La vida nos aferra sin que nos demos cuenta al lugar en el que estamos, a las personas que nos rodean. Se va detrás de una ilusión, supongo. Detrás de una luz. En el mejor de los casos. En los peores se busca la luz en el abismo. La ilusión pasa, queda la búsqueda.

Y la burocracia, por supuesto. Ahora estoy tramitando la nacionalidad. Parece una vuelta al origen, es curioso. Una de mis hermanas a su vez está haciendo su nacionalidad francesa, mientras mi hermano, mi otra hermana y mi papá tramitan la rumana, y mi mamá consulta la ley de nietos del estado español. Toda la familia intentando recuperar de algún modo el pasado, certificando y notificando quienes somos, de dónde venimos, quiénes nos trajeron aquí.

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Rocío Wittib no tiene profesión. No se define por cómo se gana la vida porque hoy es una cosa y mañana otra. De hecho, lo que más la define es que preferiría no tener que vender su fuerza de trabajo para poder vivir. Cuando no trabaja se dedica a vivir. Camina, contempla, escribe, lee, hace fotos, mira películas y está en los bares. Ha publicado la plaquette “Poemas para perseguir sin prisa el silencio” (2016), en la editorial portuguesa Temas Originais, los libros “La herida que besa el puñal” (Ediciones en Huida), “35 veces vamos a hablar de la misma mierda” (Ediciones Liliputienses) y algunos textos en revistas virtuales.