Cristina Kirchner a Nicolas Sarkozy: “No le vamos a pagar al Club de París”

—Estuve con Sarkozy y le dije que no le vamos a pagar al Club de París. No vamos a hacerlo.De ese modo y delante de un ministro, Cristina Kirchner se ufanó del planteo que había llevado al Palacio del Eliseo en abril de 2008. La presidenta ocupaba su cargo desde hacía solo cuatro meses, pero…

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—Estuve con Sarkozy y le dije que no le vamos a pagar al Club de París. No vamos a hacerlo.

De ese modo y delante de un ministro, Cristina Kirchner se ufanó del planteo que había llevado al Palacio del Eliseo en abril de 2008. La presidenta ocupaba su cargo desde hacía solo cuatro meses, pero iban siete años desde que el país no pagaba un centavo al organismo. ¿Qué costo asumía el país por ese desplante? Que no podía acceder a préstamos bilaterales ni a garantías de exportación para que llegaran bienes de capital que Argentina no producía (ni produce hoy).

—¿Y qué te respondió Nicolás Sarkozy?— le preguntó el interlocutor a Cristina Kirchner.

—Nada.

Cristina había asociado el Club de París a Francia y a los organismos internacionales. Producto quizá de una lectura literal de la palabra ‘París’ o una suerte de dislexia conceptual, la presidenta no sabía (o no tenía por qué saberlo) que el Club de París tenía sede en la capital francesa por el hecho de que su secretaría general estaba en manos del Ministerio de Economía francés; desconocía además que se trataba de un organismo que representaba las tesorerías de los países desarrollados —no es una organización multilateral como el FMI, el Banco Mundial o el BID que son fondeados por sus accionistas— y quizá no había tenido en cuenta tampoco Cristina que Francia no figuraba entre los principales acreedores de la Argentina dentro del Club de París. En verdad esos eran Alemania, Japón, Italia y EE.UU.

¿Con qué legitimidad Sarkozy podía responder el planteo de CFK sobre el Club de París?

Otra suerte tuvo su entonces ministro de Economía, Martín Lousteau, que ese mismo día mientras ella estaba en París, estaba del otro lado del Atlántico, también buscando destrabar el conflicto.

Lousteau había viajado a Miami a la Asamblea del BID en la primera semana de abril de 2008. Argentina enfrentaba una crisis con el campo por un esquema de retenciones móviles para moderar la suba de los precios internacionales (el Gobierno impulsó la resolución 125), la inflación doméstica y, pronto, una turbulencia internacional: aquello era el comienzo de una crisis hipotecaria en EE.UU. que meses más tarde haría metástasis en el sistema financiero global.

—Queremos negociar con el Club de París por fuera del FMI— le dijo Lousteau a Hank Paulson, el secretario del Tesoro de Estados Unidos. (George W. Bush era el presidente).

El plan del economista era evitar un programa con el Fondo Monetario hasta tanto se arreglara la manipulación del índice de precios del Indec y se volviera a publicar el informe del artículo IV.

Tampoco estaba en los planes utilizar las reservas como se había hecho para pagarle al FMI dos años antes. La ley que se había dictado para llevar a cabo aquella operación, había estipulado que las divisas solo podían utilizarse para cancelar deuda con organismos multilaterales y el Club de París no era uno de ellos. Así se lo dijo el titular del Banco Central, Martín Redrado, a Carlos Zannini, secretario de Legal y Técnica y a la propia presidenta.

—El FMI es mala palabra en la Argentina— le explicó Lousteau a Paulson.

El estadounidense le respondió al ministro algo así como que creía que podía con su pedido. Su actitud y respuesta se condicen con lo que el autor e historiador económico de la Universidad de Columbia, Adam Tooze, explicó en su libro Crashed (“Paulson no tenía particular agrado por los organismos multilaterales como el FMI y prefería los diálogos bilaterales. Paulson era un economista que George W. Bush había designado, venía de trabajar como CEO en Goldman Sachs”).

Otro elemento a favor de la expectativa de Lousteau era que el encargado para América latina en el Tesoro, Brian O’Neil, había conversado ya previamente con el secretario de Finanzas, Hugo Secondini. Eran amigos de cuando habían trabajado en Chase Manhattan en los 80.

La deuda que Argentina tenía con el Club de París se calculaba en unos US$7.000 millones entre capital e intereses. Se había incrementado desde los últimos registros que había calculado el Ministerio de Economía.

Dos años y medio antes, a mediados de 2005, el entonces ministro de Economía Roberto Lavagna había incluido como punto uno de un memo con cuatro ítems al presidente Néstor Kirchner, llegar a un acuerdo con el Club de París para cerrar el capítulo de la deuda en default. Lavagna se fue al poco tiempo, pero detalló que la deuda conciliada era de unos US$6.700 millones.

Con Lousteau aumentó. Llegó a US$7.000 millones. Fue cuando Cristina dijo que no pagaría.

Enseguida vino la peor crisis económica desde 1930 y la operación se abortó. Recién seis años después, ya con Axel Kicillof como ministro, Argentina volvió a la carga. Solo que en se momento la deuda conciliada se fijó en US$ 9.600 millones. La presidenta aceptó en 24 horas un esquema de pago en 5 años. Este miércoles Martín Guzmán buscará en París modificar la tasa de 9% que Kicillof avaló por el monto que resta cancelar (unos US$ 2.000 millones). Y que Cristina finalmente pagó, todo lo contrario de lo que se ufanó delante de Sarkozy.

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