Mundos íntimos. Mi pareja me dejó durante la pandemia. Me deprimí. Pero una nueva vida en la familia me hizo ver las cosas distintas

Después de que pasó, después del “tenemos que hablar”, después de una semana de suspenso, de que volviera a casa, de una charla que duró toda la noche y me endureció la cara por el llanto, después de escuchar durante horas los motivos, que quería estar sola, que no era por mí, que yo era…

Mundos íntimos. Mi pareja me dejó durante la pandemia. Me deprimí. Pero una nueva vida en la familia me hizo ver las cosas distintas

Después de que pasó, después del “tenemos que hablar”, después de una semana de suspenso, de que volviera a casa, de una charla que duró toda la noche y me endureció la cara por el llanto, después de escuchar durante horas los motivos, que quería estar sola, que no era por mí, que yo era hermoso e iba a seguir adelante y estar bien, después de recapitular todo lo que habíamos sido juntos y que ahora íbamos a ser separados, después de acompañarla al auto, besarla, abrazarla, despedirla, pero por sobretodo después de volver a mi departamento y cerrar la puerta y escuchar el silencio, pensé que me iba a volver loco.

Era la noche del 11 de junio de 2020, y estábamos en plena cuarentena.

Hay fechas que son como golpes: dejan una zanja oscura en donde antes hubo un arroyo, en donde al menos hubo algo. Nos secan, nos vacían de nosotros mismos, nos parten la vida como los chicos revientan a piedrazos las ventanas de una casa vacía.

Felipe. El sobrino de Lucas Ryan nació con un “mensaje” para el tío bajo el brazo.

Los primeros días fueron los peores. Acumulaba las colillas de los cigarrillos por toda la casa, las apagaba en el inodoro, en la bacha de la cocina, en vasos con un fondo de cerveza, hasta había algunas en la ducha, atrapadas en la rejilla. Perdí el hambre, comía sólo cuando me sentía sin fuerza y me alcanzaba con masticar alguna fruta durante la tarde.

Lloraba y gemía tanto que me quedaba sin voz y con la cara deformada por los espasmos. Me veía horrible. Durante tres noches no pude dormir, pese a las botellas y botellas de vino y whisky que tomaba y acumulaba al lado del horno. Vomitaba todos los días después del primer litro de alcohol que me entraba al estómago vacío. Me daban arcadas de tanto fumar. Al cuarto día tuve que arrastrarme hasta una farmacia y comprar por primera vez en mi vida un psicofármaco, que ayudó a poder apagarme al menos durante seis horas.

Un duelo es una cosa seria. Se lo describe como la reacción emocional frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción equivalente. Es un proceso adaptativo, doloroso, en el que hay que entender que lo que era ya no es: ella, nosotros, su familia, nuestros pies en la arena, en la lluvia, los planes a futuro, las horas o días de ver películas, de compartir proyectos y silencios, de conversar, de tomar hasta el desmayo, de dormir, de coger, de coger bien, poco, mal o demasiado, los gritos, el llanto, todo, de golpe, metido en una cajita de cristal y exhibido en el salón central del cráneo con luces de colores y un cartelito que dice: “pasado”. Y el pasado es lo que ya no es, y la cajita no puede abrirse. El primer paso es entenderlo o, como me dijo un amigo: ahora tu bandera, nene, es dejar partir.

Agarré mi teléfono y llamé a mi viejo, a mi vieja, a mi hermana, a mis amigos y amigas. Entre llantos, con paciencia, todos escucharon lo mismo: que ella me había dejado, que no sabía qué hacer, que estaba desesperado pero que necesitaba decirlo, sacármelo del pecho, darle un cuerpo, nombrarlo, hacer que ese dolor insoportable exista también para los otros. Porque eso es fundamental: el dolor sin nombre se queda dentro, se hace nido y reproduce.

Creé un archivo de Word en la computadora y empecé a escribirle una carta que llegó a tener cincuenta páginas, pero que siempre supe que no iba a darle. Necesitaba desahogarme y, como estábamos en cuarentena, las posibilidades eran acotadas. Empecé a hacer ejercicio en casa, rutinas que se detenían cuando me caía del cansancio o irrumpía un ataque de angustia. Compré una balanza. Me obligué a comer, poco, lo que sea. A trabajar de más en la computadora. Ordené el departamento, lo limpié a fondo, tiré cosas, guardé otras. Retomé terapia después de doce años. Hablé por teléfono con todo el mundo, todo el tiempo, o por videollamada, o a veces hasta en persona. No podía leer ni ver películas, y en los ratos muertos miraba su WhatsApp sólo para ver si estaba en línea, sólo para ver si en algún momento iba a escribirme. Todo era patético. Necesitaba mantenerme ocupado.

Dos semanas después de la separación fue el cumpleaños de mi vieja y la visitamos con mi hermana y su marido. Al final del almuerzo acerqué mi silla a la ventana y prendí un cigarrillo. Mi hermana sacó una bolsita de papel madera y le dijo a mi vieja que era otro regalo. En la bolsa habían dos botitas de algodón blanco. Se miraron. Mi vieja dijo qué. Los ojos de mi hermana se llenaron de lágrimas. Mi vieja dijo ay. Mi hermana dijo sí, y se abrazaron. Mi hermana, mi única hermana, mi hermana menor, estaba embarazada.

Me quedé congelado en la silla y casi se me cae el cigarrillo a medio fumar. Sentí que mi pecho subía y me explotaba en la cabeza. Lloré, sentado, quieto y con la cara descubierta. Mi hermana me vio, se levantó de su silla, cruzó el living y me dio el abrazo que nunca nos habíamos dado en toda nuestra vida. En ese momento sólo podía pensar en tres tres cosas: mi hermana va a ser madre, yo voy a ser tío, y no tengo con quién compartirlo.

Esa tarde, cuando volví a casa, agarré el teléfono y la llamé. Fue la primera de ocho llamadas que nos hicimos durante los primeros tres meses. Cuando me atendió escuché de fondo el tránsito, la ciudad. Me quebré, ella no me entendía, logré recomponerme y le dije, claro y alto, que iba a ser tío. Ella impostó la voz y quiso parecer contenta, emocionada, me dijo mi amor, qué felicidad, después me hizo algunas preguntas y conversamos unos minutos y nos despedimos como si fuéramos a vernos al día siguiente.

Cuando cortamos entendí que yo ya no estaba emocionalmente en su vida y, lo que me resultaba todavía más triste, que ella ya había hecho su propio duelo, quizá días, semanas o meses antes de decidir terminar con la relación. De alguna manera me sentí muy atrás en la carrera.

Mentiría si dijera que no pensé en matarme. No en ese momento, sino durante todo el tiempo que duró el duelo. Mentiría, también, si dijera que no lo pienso todavía. Pero la idea del suicidio no es más que eso: una idea. En realidad, es más que eso: es una fantasía. Y las fantasías son criaturas del mundo de la ficción, a veces toscas, a veces impredecibles, por momentos peligrosas. Por eso, cuando uno entra a visitarlas, no hay que olvidarse de cerrar con llave dos veces después de salir. Y revisar que no se te haya pegado ninguna.

Los días fueron pasando. Sobre la pizarra que tengo frente a mi escritorio dibujé un calendario: iba del 11 de junio al 11 de septiembre, tres meses. Me dije que tres meses era el tiempo que me iba a llevar estar bien, dejar de extrañarla, no tener más ataques de angustia, volver a estar en forma, rearmar mi vida. Me dije, también, que ese día iba a volver a verla, que iba a entregarle la carta que le estaba escribiendo, que iba a buscar las cosas que había dejado en su casa y que, probablemente, ese iba a ser el día en el que ella se iba a dar cuenta de lo que había hecho.

Hoy, mientras escribo esto, ocho meses después, no volví ni a verla ni a buscar mis cosas.

Unos días después de la noticia de mi hermana me vi con dos ex parejas a las que no veía hace años. Una vino a mi casa, a la otra fui a visitarla. Ambas vivían en provincia, como yo ahora, y con las dos pasó lo mismo: conversamos y nos dimos cuenta de que el amor y el cariño que nos tuvimos seguía intacto, pese a yo haber lastimado a una, pese a haberme lastimado la otra. Nos encontramos más adultos, menos jóvenes, pero mejores. Coger fue, en el mejor de los sentidos, algo anecdótico, una caricia. Ambas me acompañaron, me dieron la mano, me ayudaron a ver más claro, si es que eso existe para alguien con astigmatismo y un queratocono en la córnea derecha.

Y a ellas, poco después, se les sumó Cristian, que me escribió casi todos los días para saber cómo estaba, que me recomendó libros, películas, que me llamó para sacarme a pasear por el centro de Buenos Aires, para visitarlo a él y a su pareja, para hablar, escribir, tomar copas de vinos y, por sobre todo, para abrazarme y contener lo que yo no podía.

Al mes, en la carta que le seguía escribiendo, apareció otra cosa. Un párrafo diferente, algo que no era puro resultado de la catarsis, sino algo luminoso, algo que quería escaparse de ese archivo de Word y mudarse a otro, tener su espacio. Lo hice y así fue que empecé un libro. Algo concreto, mío. Una raíz a la que agarrarse.

Al principio pensé, como con todo lo que hacía durante esos meses, que la escritura de ese libro tenía dos objetivos: sanarme y traerla de vuelta. O vengarme. En esa época el amor y el odio eran una y la misma cosa. En el libro iba a hacer una radiografía de mí mismo y del proceso de separación. Iba a practicar alquimia: transformar el dolor en un objeto mágico, el libro, para después dárselo a ella y volver a enamorarla. Pero como ya dijo Dolina: el enamorado rechazado no tiene salvación.

El calendario que había dibujado se extendió, primero hasta mi cumpleaños, en octubre, después hasta el de ella, en diciembre, finalmente hasta estos días. La carta dejé de escribirla y me concentré en el libro.

Es sabido que la vida es eso que pasa mientras uno escribe. Con el tiempo dejé el ejercicio, volví a comer, pude ver películas y leer un poco. También conocí a algunas pibas y una me gustó, la quise, la quiero, y salimos durante cinco meses. Terminamos hace poco, la lastimé, me dolió. No dejé de tomar ni de fumar. No dejé de tener pesadillas con ella hasta hace un mes atrás. Y hasta hace un mes atrás también tuve ataques de angustia, lloraba sin saber por qué.

El libro empezó a tener forma. El bebé de mi hermana, también. Les dijeron que iba a ser varón y decidieron llamarlo Felipe. Yo también tuve que nombrar al libro, darle un título. Y en eso, pasó, me di cuenta: no sólo estaba retratando la angustia del duelo sino también la alegría de mi hermana por convertirse en madre, y la mía por convertirme en tío. Ese chico, Felipe, era la otra historia que se estaba contando, el cuerpo secreto, gigante y sumergido del iceberg. Si la vida en algo se parecía a una película, su nacimiento iba a ser el clímax y el cierre, el sabor que te queda en la boca cuando aparecen los créditos y la sala se ilumina.

Pasó mi cumpleaños, pasó el suyo, pasó la cuarentena. Vi terminarse el 2020 con una persona diferente a la que estuve acostumbrado durante tantos años. No la extrañé a ella, sino a la mansa costumbre de celebrarlo con su familia. Con su madre, con su padre, con sus hermanos, tíos y primos. Extrañé unas lucecitas que cuelgan a lo largo de un jardín, una palmera un poco enana junto a una pileta, un destapador de botellas atornillado a una viga, extrañé verlos a todos cantar la marcha peronista a las doce de la noche, extrañé los abrazos, las lágrimas, el alcohol en sangre. Algo se había roto.

Escribir es querer dar un sentido, explicar con palabras algo que, en verdad, no lo tiene. El libro fue eso. No el remedio al dolor del duelo, no la receta para volver a enamorarla, no una vendetta, sino el resultado de un proceso. Un testimonio. Algo que sólo existe en mí, para mí, y en unas pocas páginas escritas. Y que ahora tiene un punto final.

Casi dos semanas después del año nuevo, mientras estaba trabajando y afuera garuaba, mi viejo me mandó un video: había nacido Felipe.

Era la noche del 16 de enero de 2021, y yo sentí algo parecido a la felicidad.

Hay fechas que son como golpes: dejan una zanja oscura en donde antes hubo un arroyo. Pero también hay otras, no muy diferentes, que dejan otras marcas. Que abren puertas. Que inundan todo. Que nos parten la vida como los chicos revientan a piedrazos una idea: la de que se equivocan quienes se enamoran.

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Lucas Ryan nació en octubre de 1988, en Buenos Aires. Estudió Letras en la UBA y Guión cinematográfico en la ENERC. Editó los cinco números de la revista Extrapoesía. En 2014 publicó la novela “Mara” (Alción Editora). 2018 su cuento “Un barco, quizás”, ganó el 2do premio del concurso Cuentos a la calle y fue publicado en una antología virtual. Es guionista de los cortometrajes “Tesis sobre un suicidio” (2018), “Las horas de los minutos” (2019) y de “La otra hermana” (2020), cortometraje de terror a estrenarse este año. Actualmente está preparando el guión de su primer largometraje, así como también su próximo libro.

​Su Instagram: @RYANDEKKERR


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