Mundos íntimos. En 2001 asesinaron a mi hijo Maxi y a dos amigos en la masacre de Floresta. Para que no se repita, participo de Madres del Dolor

Aquella noche yo estaba acostada y casi al borde del sueño cuando de pronto escuché gritos desesperantes y desesperados que venían de la calle. Todo había ocurrido en Floresta –el barrio donde vivo desde hace 46 años- a dos cuadras de mi casa. En medio de la confusión y el miedo escuché la palabra Maxi,…

Mundos íntimos. En 2001 asesinaron a mi hijo Maxi  y a dos amigos en la masacre de Floresta. Para que no se repita, participo de Madres del Dolor

Aquella noche yo estaba acostada y casi al borde del sueño cuando de pronto escuché gritos desesperantes y desesperados que venían de la calle. Todo había ocurrido en Floresta –el barrio donde vivo desde hace 46 años- a dos cuadras de mi casa. En medio de la confusión y el miedo escuché la palabra Maxi, el apodo con el cual todos nombrábamos a nuestro querido Maximiliano Tasca, mi hijo que entonces tenía apenas 25 años de edad y hermosos proyectos vida como ser mediador de paz o viajar a Egipto, su sueño máximo desde los cuatro años. Maxi está muerto, me dijeron entre llantos algunos de sus amigos. Él te necesita, insistían a los gritos. Casi dejé de ser yo misma en ese momento de tanto dolor y confusión. Salí como sonámbula, subí a un auto, casi no recuerdo más nada de aquel nefasto 29 de diciembre de 2001.

Muy pronto y con ayuda de amigos y seres queridos pude armar el rompecabezas y supe lo que había pasado hacía muy pocas horas atrás. Maxi y sus dos amigos, Cristian Gómez y Adrián Matassa, estaban tomando algo en una estación de servicio del barrio. Miraban la televisión donde se transmitían imágenes del gigantesco estallido social, de la acción policial que dejó un saldo de casi cuarenta muertos en todo el país. Al parecer uno de los chicos había dicho “al menos una vez les toca a ellos”. Lo dijo al pasar cuando se mostraba a algunos manifestantes resistiendo la durísima represión policial que se había desatado.

Pura sonrisa. Maxi, de chomba celeste, junto a su hermano, cuando todo era alegría.

En ese momento el suboficial retirado Juan de Dios Velaztiqui -que trabajaba como custodio en la estación de servicio- sacó un arma y asesinó a sangre fría a mi querido hijo y a dos de sus amigos. Se me anuda la garganta al contar esto y volver a recordarlo y casi vivirlo nuevamente aquí. Pero así fueron las cosas y eso que ya quedó en la historia como la masacre de Floresta se instaló en mí cómo una herida definitiva y desgarradora. Cuando vi el cuerpo sin vida de mi hijo en medio de un charco de sangre me quedé muda. Maxi estaba tendido en el piso. Se me rompió el alma pero aún así lo primero que hice fue llamar al INCUCAI. Creí escuchar la voz de Maxi diciendo “Mami acordate que soy donante de órganos”. Y por supuesto lo recordé y actué en consecuencia. Pasado ese momento sentí como si la bala que entró en la nuca de mi hijo hubiera entrado también en mí cuerpo y en mi alma. Una pregunta cayó como un balde de plomo. ¿Cómo seguir viva después de haber sido casi literalmente vaciada de un día para el otro?

Con su mamá. Nos gustaba sacarnos muchas fotos, recuerda la autora con nostalgia.

Les cuento. Maxi era un chico sumamente cariñoso. Tenía una espléndida sonrisa. Era tan hermosa y amplia, insolente a veces, que cada vez que hablo del tema de la donación de órganos, como lo hice recién, digo siempre que Maxi debería haber donado también su sonrisa. De él extraño siempre y sobre todo los abrazos apretadísimos. Mi hijo era un líder entre sus amigos. Su voz era fuerte. Sus gestos no pasaban desapercibidos.

El proceso de recomposición fue largo y complejo. Recordé entonces que unas pocas horas antes yo había estado con mi hijo. El me había contado que se había enamorado o algo así de una morocha que le gustaba mucho en aquellos días. “Creo que hoy se me va a dar”, me había dicho antes de irse con la mayor ilusión. Nos reímos mucho, nos abrazamos como siempre lo hacíamos y apenas alcancé a pedirle que se cuide. Esa fue la última vez que lo vi con vida.

Debo decir que entre nosotros no había temas difíciles o prohibidos. Se hablaba de todo con la mayor naturalidad. No había conflictos más allá de los que surgen siempre en una relación madre-hijo. Recuerdo también que cuando Maxi cumplió 18 y sacó su DNI me dijo contento que se había registrado como donante de órganos, una actitud solidaria que yo siempre había defendido en la familia. Parece mentira pero luego de la muerte de Maxi el cuerpo entero de mi hijo se desarmó para armar cuerpos de otras personas que lo necesitaban con urgencia.

Después de vivir todo aquello comprendí que la muerte me acompaña día y noche. Un poco más tarde comprendería también que yo no podía vivir encerrada en el sufrimiento bajo siete llaves. Dicho de otro modo: supe que tenía que hacer algo con lo que me había pasado, que no podía limitarme a llorar sin consuelo la enorme pérdida que había padecido.

El primer escollo en ese camino fue haber pasado por la sombría experiencia de conocer en el juicio posterior nada menos que al ejecutor de mi hijo. No podía sacar mis ojos de sus manos resecas y asesinas. Velaztiqui fue condenado a cadena perpetua –hoy convertida en prisión domiciliaria–.

Ese fue un juicio histórico que me ayudó en parte a sobrellevar el duelo. También por esa época, diciembre de 2004, un grupo de artistas hizo en una escuela un monumento público, muy bello, situado a pocos metros de la estación de servicio que fue escenario del crimen. La escultura tiene cuatro metros de altura y ahí pueden verse figuras sin rostro que de alguna manera representan a todos los jóvenes asesinados en la Argentina, mi hijo entre ellos. Un tiempo después hablé con Pablo, mi otro hijo, y él me alentó a buscar actividades de recomposición personal y colectiva. “Hacelo que al menos te va a servir de catarsis”, me dijo Pablo con cariño. Y le hice caso.

A partir de ese divino empujón fue importantísimo para mí participar activamente en la creación de la asociación civil Madres del Dolor. Se puso en marcha nada menos que el diez de diciembre de 2004, justo en el día de los derechos humanos. La entidad –que presidí entre 2013 y 2020 y que ha sido mi gran combustible vital– cree con firmeza que el poder de las palabras es más potente que la violencia de las balas. Desde ahí acompañamos a familiares de víctimas y nos oponemos entre otras cosas al gatillo fácil, una expresión que yo no conocía pero aprendí a entender cuando observé la cantidad de niños y no tan niños que son asesinados casi diariamente por uniformados que ningún bien le hacen a la fuerza a la que pertenecen.

La brutalidad policial, conocida en la jerga específica como violencia institucional, confirma que la posibilidad de llevar un arma en la cintura no debería estar abierta para todos. Debo decir además que la unión de ese grupo de madres es lo mejor que me podría haber pasado.

En esa ONG encontré el camino para empezar a hacer algo útil por los demás. Ayudo a los familiares de las víctimas, doy, como conté antes, charlas en cárceles y escuelas de cadetes, participo incluso de los comités de emergencia sanitaria y crisis que se organizaron en muchos lugares del país en el contexto de la actual pandemia. Es un camino difícil que, sin embargo, vale la pena recorrer sin miedo.

En ese mismo camino me interesé por la situación de los presos comunes y una amiga me propuso formar parte de Justicia Restaurativa, una entidad que entre otras cosas quiere evitar la reincidencia de los delincuentes que salen de prisión. Poco a poco, y sin dejar de pensar en Maxi, empecé a organizar conversatorios en cárceles donde tal vez había hombres acaso tan o más violentos que aquél que ultimó a mi hijo. Admito que el corazón se me ablandó un poco cuando entré a una prisión por primera vez. Un sociólogo amigo me dijo entonces que lo que yo hacía era una tremenda muestra de coraje y dignidad. No sé si es para tanto.

Lo cierto es que empecé a conocer a fondo el desolado y frío mundo carcelario, supe incluso que en muchos casos hay jóvenes y adultos detenidos que están esperando juicio, o sea que en realidad no se sabe si son culpables o no. Y eso no está bien de ninguna manera. Es cierto que a una parte significativa de la sociedad argentina puede no importarle… Además, si el objetivo de todo encarcelamiento es en teoría lograr que tras la condena los delincuentes salgan convertidos en mejores personas –no en fieras–, en fin, es algo que no veo posible en las actuales condiciones de abandono y precariedad.

Mi objetivo con las charlas no era el amor sino llevar un mensaje, el mío, en mi condición de víctima, nutrido por el dolor. Llevarlo además a celdas y patios donde gobiernan la humedad, los bichos, la oscuridad. Yo con mis palabras invito a los presos a que no pierdan tiempo, a que no maten las horas mirando el techo, a que estudien y aprendan oficios. En el fondo pretendo incomodarlos. En la población carcelaria encontré que había analfabetos. Yo no podía creerlo. Muchos entre ellos no saben ni leer ni escribir. La mayoría son chicos de veinte años que no han conocido aún la vida en todas sus dimensiones. Pienso que ellos se tienen que capacitar, que deben estudiar, leer, aprender oficios dado que el trabajo dignifica aún en las peores circunstancias. Pero por si acaso aclaro algo fundamental. Jamás escucharía al asesino de mi hijo. No le daría esa oportunidad al que destruyó mi vida matando a Maxi.

Por esos días también escribí un libro de entrega gratuita titulado “Huellas / Después de la muerte de un hijo”, impreso y distribuido por la editorial Planeta. Lo hice con el objetivo de que las palabras ahí volcadas se convirtieran en una luz de esperanza para todos aquellos que sufrieron una muerte cercana, injusta y violenta. Mi idea era y es convertir a ese libro en un abrazo apretado después del cual el dolor sea superado por el amor de madre.

El tiempo y el afecto no pueden devolverle la vida a alguien a quien la ha perdido o se la quitaron. Pero sí pueden sanar a un corazón herido como el mío. A veces la muerte disruptiva nos cambia, nos pone en otro lugar a menudo bloqueado. Parí a Maxi el 4 de agosto de 1976. Fue mi segunda siembra porque el año anterior había nacido Pablo, mi primer hijito. Increíblemente cuando Maximiliano cumplió once años tuvo que afrontar la grave amenaza de un tumor cerebral. Los médicos no tenían esperanzas. Le daban a mi hijo como mucho veinte días más de vida. Por suerte en medio de la desolación una intervención quirúrgica de último momento resultó exitosa y Maxi volvió a ser un chico sano y todos nosotros, claro, una familia muy feliz.

En los últimos días de 2001, como se sabe, la Argentina entró en ebullición total y fue en ese contexto que mataron entre otros a mi querido niño. Debe ser por eso que diciembre me duele especialmente y debe ser por eso, también, que prefiero siempre hablar del mes de agosto, es decir, del mes del nacimiento. Recuerdo que un señor me preguntó un día cómo hacía yo para seguir viviendo tras la pérdida de uno de mis hijos. “Celebrando su vida”, le respondí sin dudarlo un instante.

Me animo a decir que nadie muere del todo cuando se lo recuerda cada día y todos los días. Es cierto que cuando la muerte es repentina e injusta se sufre mucho más. Después de la noche trágica yo sentía la falta del vozarrón de Maxi. Extrañaba su carcajada. Habían pasado apenas cinco meses, era mayo, y yo no podía dormir, no tenía ni ganas de comer ni ganas de vivir. La tristeza me invadía y me ahogaba. Pero a pesar de todo con el tiempo me reacomodé y dejé atrás cualquier signo de pasividad y resignación. Pensé que el asesino de mi hijo no sería también mi asesino. Y entonces, lentamente, volví a existir, o aprender a hacerlo, y estuve más atenta que nunca a las señales de vida.

Recuerdo ahora una noche de luna llena. Estábamos con Maximiliano en el balcón de casa comienzo pizza y tomando cerveza. Había una luna inmensa y brillante como pocas. De pronto Maxi me dijo “Bueno mami, cuando ya no estés voy a mirar el cielo cada noche de luna llena, que será una mezcla de tu rostro y tu sonrisa, y yo voy a pedirte un deseo”. Me apuré a decirle que no estaba en mis planes morirme pronto…Y así fue…Poco tiempo después de esa noche inolvidable le tocó a él. A mi manera yo creo en la magia de las palabras. Y Maxi, sin saberlo, nos dejó a todos un mensaje claro y definitivo. La luna llena de cada mes será eternamente su sonrisa luminosa.

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Silvia Irigaray nació en el barrio porteño de Villa del Parque, es divorciada y tiene 65 años. Se considera una mujer alegre por sobre todas las cosas. Es la mamá de Pablo –hoy, 45 años– y de Maximiliano, que de no haber sido asesinado en diciembre de 2001 tendría 44. Y abuela de Tomás –15 años– y de Agustina con sólo quince meses. Es cofundadora de Madres del Dolor. Su música preferida: Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Su película más amada es “Medianoche en París”, de Woody Allen. En su biblioteca brilla “Lazos de amor”, un libro clásico de Brian Weiss. ¿Su actividad más extrañada en tiempos de pandemia? Abrazar a sus seres queridos

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