Mundos íntimos. “Gracias por enseñarme a ser libre”, la dedicatoria que le escribí a mi papá y estuvo olvidada muchos años

Llegué a su casa a la tardecita. Un chalet de una planta con las persianas semibajas. El jardín delantero tenía el pasto crecido y ninguna flor. Busqué el timbre y, al no encontrarlo, me atreví a abrir la verja, me acerqué hasta la ventana y aplaudí. Pasaron unos minutos y nada. Golpeé la puerta de…

Mundos íntimos. “Gracias por enseñarme a ser libre”, la dedicatoria que le escribí a mi papá y estuvo olvidada muchos años

Llegué a su casa a la tardecita. Un chalet de una planta con las persianas semibajas. El jardín delantero tenía el pasto crecido y ninguna flor. Busqué el timbre y, al no encontrarlo, me atreví a abrir la verja, me acerqué hasta la ventana y aplaudí. Pasaron unos minutos y nada. Golpeé la puerta de madera hasta que me dolieron los nudillos. Esperé. Una cabeza pareció asomar por debajo de la persiana. Escuché unos pasos que se arrastraban. Omar salió en pantuflas, el pelo canoso revuelto y con un jogging que debía usar de pijama. En la mano llevaba el libro envuelto en un folio transparente. Al verme se detuvo un instante, como si me reconociera, y me miró con cierta compasión. “Pobrecita, tu papá se desprendió de tu libro”.

Tardé un momento en comprender lo que me quería decir.

Padre, hijas y nietas. La importancia de defender la genealogía.

Omar me estaba entregando “La coleccionista”, el libro de relatos que yo había escrito hacía años. Se lo había comprado por Internet porque el ejemplar que vendía era el que le había regalado a mi padre. Quise ir personalmente a retirarlo para intentar saber cómo había llegado a sus manos.

El momento. La autora lee su libro y luego escribe las dedicatorias.

Hace ya unos cuantos años de la publicación de mi libro. En ese momento no tenía experiencia en dedicatorias -y aún no tengo-, por lo que en la mayoría de los ejemplares que firmé puse la misma frase: “Ojalá disfrutes mis cuentos”. El día de la presentación, en un pequeño bar de Palermo, mi amiga y narradora oral, Diana Tarnofky, contó con una sensibilidad exquisita algunos de mis relatos. Nunca me sentí tan desnuda. No me había dado cuenta lo que había escrito hasta que la escuché. Después fue mi turno. Tenía pensado qué decir, hasta lo había practicado frente al espejo. Pero ahí, frente a la familia y amigos, salió otra cosa. Busqué primero a mi maestra Diana Bellessi, luego a Sergio que andaba por el fondo tomando algunas fotos y por último me detuve en mi papá, que estaba sentado en una de las primeras mesas.

Me había costado mucho decidir qué quería decirle frente a todos. Nuestra relación no había sido sencilla. De chica lo veía poco durante la semana. Pero los fines de semana, mientras mamá se quedaba en casa cosiéndonos vestidos, él nos llevaba al club. A veces jugaba al tenis con nosotros y parecía un frontón: devolvía todas las pelotas y no nos dejaba ganar. El creía que sería una gran jugadora porque era zurda y en ese momento triunfaba Guillermo Vilas. Lo recuerdo al volante de su Dodge Polara celeste, sentado solo adelante y mis hermanos y yo atrás.

Le gustaba el mar y a nosotros meternos con él porque nos llevaba bien lejos a saltar las olas más grandes. Pero hubo un verano que terminó abruptamente y tuvimos que volver antes para internarla a mamá que estaba muy mal. Yo tenía trece años cuando mi papá me dijo, sentados en un banco en el pasillo del sanatorio Anchorena, que le quedaba poco tiempo de vida. Le pregunté si iba a estar para la fiesta de 15 de mi hermana mayor. Negó con la cabeza. No sé con qué lógica le pregunté entonces si iba a estar para la mía.

Cuando mamá murió me enojé con el mundo. Desterré a Dios de mi cabeza y de mi alma. No encontraba explicación. “Si Dios era bueno, ¿por qué se la había llevado?”. Cuando la furia dio paso a la tristeza, el enojo se concentró en él. En esos años solía andar como un zombie por la casa haciendo las cosas de manera automática con su mente práctica de ingeniero electrónico. Trabajaba todo el día y apenas si lo veíamos. Por la mañana en una oficina de patentes, y a la tarde en la Facultad, donde daba clases y tenía su laboratorio de instrumentos y mediciones. Cuando volvíamos del colegio al mediodía, cada uno se preparaba el almuerzo con lo que encontraba. El regresaba a la noche, cuando ya estábamos en pijama. En la cena apenas si participaba de nuestras conversaciones y respondía con monosílabos. Su tiempo libre lo dedicaba a arreglar cosas de la casa o a jugar al tenis. Eso sí, siempre estaba disponible para explicarme matemática.

Cualquier cosa que le pidiéramos, sabíamos que era no. Salir a la noche, no. Comprarme algo, no. Me enojaban sus silencios, pero más sus intentos por hacer todo como le habría gustado a mamá. Como si hubieran hecho unos acuerdos secretos que sólo él conocía. Un día, después de mucho berrinche, accedió a que estudiara teatro. Eso me calmó por un tiempo. Pero me sumergí en un mundo en el que mis compañeros expresaban sus sentimientos y yo me cuidaba porque sabía que cualquier emoción me podía hacer desbarrancar: si me largaba a llorar en una escena ya no podría parar.

Tenía una idea recurrente: había perdido lo mejor que tenía, mi madre, y me había quedado con lo peor, mi padre. Sabía que era un pensamiento ridículo e injusto, pero tendemos a idealizar a quien ya no está y a pelear con quien sigue estando.

Con los años me acostumbré a ese padre silencioso y poco afectuoso que estaba siempre. El me regaló un mini grabador de periodista y una máquina de escribir electrónica cuando aún no existían las computadoras. Fue su manera de alentarme a escribir. Si bien era muy lector, no le interesaba mucho la actualidad. A veces leía alguna nota pero le resultaba imposible saber si era mía porque no prestaba atención a la firma.

Cuando nos quejábamos de que no había más galletitas en la lata sin advertir que él ya había comprado, nos decía: “Perdiste la oportunidad de callarte”, frase que detestábamos. Ahora la uso con mis hijas. A ellas les causa la misma furia. Yo me río y siento que en esos momentos el viejo anda cerca y se ríe conmigo.

Si se enojaba, en lugar de gritar se metía aún más para adentro. No era posible hablarle en esos momentos ni saber qué estaba pensando. Estiraba el brazo haciendo un cerco invisible a su alrededor y no dejaba que nos acercáramos. Era una batalla que daba consigo mismo. A veces siento que en eso me parezco, transmito serenidad aunque haya un volcán en erupción en mi interior.

Una vez mi psicóloga me dijo: “Te resulta más fácil subir al Aconcagua que decirle a tu papá que lo querés”. Era cierto, podía subir montañas, cruzar ríos caudalosos, hacer expediciones arriesgadas a lugares inhóspitos en busca de desafíos y silencio, pero esquivaba decirle lo importante que era para mí. Ese día junté coraje y caminé las cuadras que separaban el consultorio de la casa de mi padre. Llegué y lo encontré en la cocina. No esperé ni a que nos sentáramos y le conté que estaba embarazada. ¡Qué bueno!, dijo. Me dio un abrazo torpe, brindamos con un vaso de soda y cambiamos de tema porque ninguno de los dos sabía bien cómo seguir.

El día que presenté mi libro, el enojo hacía tiempo que había desaparecido. Al pensar qué quería decirle, por primera vez me di cuenta de que mi mamá se había ido hacía mucho, cuando era una nena. Y quien me había acompañado durante casi toda mi vida había sido él. Dicho así, parece una obviedad. Pero muchas veces no le damos valor al que está siempre. Algo de eso le dije esa noche frente a todos. Después del aplauso final escuché sus gemidos, como si hubiera contenido el llanto durante años. Sólo lo había visto llorar el día de la muerte de mi madre.

Luego de eso, la gente formó una fila para que dedicara sus libros. “Ojalá disfrutes mis cuentos”, escribí en la mayoría. Pero cuando llegó su turno, escribí algo más. Sé que leyó el libro. Un tiempo después, al no recibir ningún comentario, le pregunté si le había gustado. “Sí, claro”, dijo y eso fue todo.

Un Alzheimer le empezó a robar progresivamente las palabras. Al principio le completaba las frases, después intentaba adivinar lo que quería decir y al final me conformaba con su sonrisa. Sin embargo, los años lo habían ablandado, nos abrazaba sin buscar excusas y se emocionaba fácil en los cumpleaños de sus nietos. Jugaba con ellos a la pelota y parecía un chico más pero con la paciencia de un viejo.

Un día tuvimos que vaciar su departamento y ponerlo en alquiler para poder pagar su tratamiento. Como era tan doloroso desarmar la casa de nuestra infancia, pasamos cual topadora rescatando sólo algunas pocas cosas, el resto se donó. Conservo el gato verde de cristal que estaba en el living y su caja de herramientas. A veces uso algún destornillador o la pinza de puntas corvas. De la biblioteca sacamos los libros casi sin mirarlos y fueron a parar a cajas de cartón que también donamos.

Sólo conservé “Si yo fuera mayor”, el libro álbum de los húngaros Eva Janikovsky y László Réber. Con dibujos simples muestra a un niño que está harto de las órdenes que recibe de los adultos –lavarse las manos antes de sentarse a comer, ponerse un suéter para salir, ir a dormir temprano- y sueña llegar a grande para hacer lo que le dé la gana.

Cuando ya no tuve más chances de hablar con él, llenaba nuestros encuentros con música o lecturas. Una vez se me ocurrió llevar mi libro y le leí “La llave”. Es un relato inspirado en nuestras peleas de cuando me enseñó a manejar. No es un texto amoroso, más bien retrata mi impaciencia y su tolerancia. Se quedó dormido antes de que terminara y lo dejé sobre la mesa de luz.

Si vaciar su casa nos llevó un día, para su último cuarto bastó un momento. No queríamos nada. Sólo me llevé el cuadro del árbol torcido que había pintado para su cumpleaños de 70, olvidado hoy en algún rincón de la baulera, y un CD de Louis Armstrong donde está el último tema que escuchamos juntos, “What a wonderful world”.

Unos cuantos años después de su muerte, una tarde buscando una nota vieja en Google, encontré que vendían mi libro. Había varios ejemplares a precio de mesa de saldo. Me llamó la atención uno de los avisos. “Dedicado por la autora”, decía. Traía dos fotos: una de la portada y otra con una dedicatoria. Agrandé la imagen esperando encontrar “ojalá disfrutes de mis cuentos”, pero no. Aunque borroso, alcancé a reconocer mi letra redonda de aquella época y la primera palabra, “Pa”.

¿Cómo había llegado el libro ahí? ¿Se había traspapelado cuando desarmamos la casa familiar o tal vez alguien lo había tomado del geriátrico? ¿Quién era el que lo vendía? Tardé bastante tiempo en tomar la decisión de recuperarlo. Ese ejemplar me pertenecía y tenía que volver a mis manos. Por eso, aunque en el aviso ofrecían enviarlo a domicilio, acordé con el vendedor que iría a buscarlo.

–Ah, es usted. Me imaginé, quién otro iba a quererlo, ¿no?– dijo Omar cuando me extendió el texto. Había visto mi foto en la solapa y se había dado cuenta de que le estaba vendiendo el libro a la autora. Me contó que hacía tiempo vivía de recorrer las librerías de usados de la calle Corrientes buscando libros que pudieran tener algún valor de reventa. Le había gustado la tapa, y al ver que estaba dedicado, sabía que tarde o temprano alguien lo reclamaría.

Después me confesó que aunque le hubiera gustado, no lo había leído, que tenía poco tiempo y prefería poesía. Luego habló de poetas a los que nunca escuché nombrar. Quise ser cordial y le prometí algún día pasar a dejarle un ejemplar, aunque aún no cumplí.

Me despedí rápido. Estaba apurada por releer la dedicatoria. Esperé a que cerrara la puerta, me apoyé en un árbol y abrí “La coleccionista”. En la segunda página, con tinta azul había apenas frase: “Pa, gracias por enseñarme a ser libre e independiente para hacer lo que quisiera. Esto quiero hacer y quise hacer siempre, escribir”.

Por cierto, está bastante mal escrito. Me molestan tantos quisiera, quiero, quise. Están rarísimos los tiempos verbales y no hay un “Te quiero” que cierre. Pero la breve frase me recordó cómo, a su manera, me había dado la libertad de hacer con mi vida lo que me diera la gana.

También me hizo acordar algo que siempre ando olvidando. Que escribir, para mí, es como respirar.

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Silvina Schuchner es licenciada en Ciencias de la Comunicación. Realizó estudios en el “Centre de Perfectionnement des journalistes”, en París, y de realización de documentales en el Instituto de Radio y Televisión Española, en Madrid. Escribió guiones para TV e incursionó en la dramaturgia. Durante 25 años fue periodista del diario Clarín y luego Directora de Comunicación del Ministerio de Desarrollo Social de Nación. Su libro “La coleccionista” -que origina este texto- se publicó en 2004 y ahora ha sido reeditado por Indielibros. De su papá heredó su pasión por jugar al tenis y disfrutar la vida al aire libre. En esta cuarentena se animó a dar clases virtuales de yoga, su otra pasión.

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