Ayer y hoy: los íconos de los viejos veranos de Mar del Plata que resisten en La Feliz

Bastará una selfie para dar aviso a quienes se quedaron en casa, y puede que la imagen contenga al fondo, tal vez, la silueta más fotografiada de la Costa Atlántica, la de alguno de los lobos marinos de la rambla. Tan sencillo como deslizar el índice sobre la pantalla. Inimaginable en esos días no tan…

Ayer y hoy: los íconos de los viejos veranos de Mar del Plata que resisten en La Feliz

Bastará una selfie para dar aviso a quienes se quedaron en casa, y puede que la imagen contenga al fondo, tal vez, la silueta más fotografiada de la Costa Atlántica, la de alguno de los lobos marinos de la rambla. Tan sencillo como deslizar el índice sobre la pantalla. Inimaginable en esos días no tan lejanos cuando en la misma rambla había que formar fila para esperar que se liberase una cabina telefónica y así luego, breve (la comunicación se pagaba por cada segundo), transmitir el mismo mensaje tranquilizador: “¡Llegamos!”.

Las formas cambiaron, algunas costumbres prevalecen, y aunque el escenario es el mismo, lógicamente transformado en las últimas décadas, hay símbolos netamente marplatenses que se mantienen inalterables. Para el turista, esos símbolos se hacen recurrentes.

Rincones de la ciudad, como postales fijas en la memoria: la del edificio Havanna o la de la silueta del Torreón del Monje, entre otras que mencionaremos en este recorrido, o clásicos como una tarde de fichines en Sacoa, hasta sus indelebles antiguos y nuevos sabores, el de los alfajores que ya no sólo se consiguen aquí, el de las medialunas y los “borrachitos” de la Boston, el de los churros y los que provienen del mar servidos a la mesa en restaurantes tradicionales, o como en esos días, de la mano de chef reconocidos entre los mejores del país. ¿Oyeron hablar de Sarasanegro?

Comencemos por los emblemas históricos que no perdieron su vigencia. Entre estos, destacados los lobos marinos al pie de la plazoleta Almirante Brown, esculpidos a cada lado de las escaleras que conducen a playa Bristol. ¿Será el monumento más fotografiado del país? Aunque hay otro, que también es la efigie de un lobo marino y que le sigue a la zaga: lo montó Marta Minujín en 2014 en el Museo de Arte Contemporáneo MAR y es impactante con su pelaje resplandeciente. Está revestido de miles de envoltorios de alfajorcitos de aluminio, dorados, y brilla cuando le da el sol.

Nuevo símbolo. El lobo marino de alfajor de Minujín, frente al museo MAR. (Florencia Colli)

Es claro que les llevará un buen tiempo desbancar a los esculpidos por José Fioravanti en la rambla, pero el gigante de Minujín tiende a convertirse en rey de selfies. Siempre se ve a alguien, a algún grupo, fotografiándose al pie del lobo. “Es el ícono cultural de la Mar del Plata del siglo XXI”, lo definió su creadora a este corresponsal la tarde de 2014 en que lo inauguró.

Una pareja se besa sobre uno de los lobos de Fioravanti, en una vieja foto sin fechar. (Archivo Clarín)

Los envoltorios de los alfajorcitos, por supuesto, son Havanna (la firma donó la obra al MAR), y aunque desde fines de los ‘90 y comienzos del 2000 se expandió a Latinoamérica y Europa, hubo años en que los preciados alfajores sólo se conseguían aquí y en algún otro punto de la Costa Atlántica. “Pasó de ser la representación de Mar del Plata en el mercado local a ser un ícono de la Argentina en el mercado internacional”, dicen en la empresa. Podría asegurarse que fue una de las primeras marcas aspiracionales que fascinó a los argentinos, y había que acercarse a estas orillas para llegar a ella.

Los íconos de Mar del Plata

  Tocá para explorar los lugares de la ciudad.




Clarín

La empresa de repostería artesanal creció y se aggiornó, pero el edificio Demetrio Elíades (uno de sus fundadores junto a Benjamín Sisterna y Giuseppe Vaccotti), conocido popularmente como “Edificio Havanna” por poseer el logo de la marca en la azotea a 125 metros de altura -tiene 39 pisos-, continúa siendo el más alto de Mar del Plata y uno de sus paisajes urbanos más representativos. El último 3 de diciembre cumplió 50 años.

En ese mismo paisaje se encuentra otro edificio emblemático, el Palacio Cosmos, que no es otro que el “Edificio Pepsi” con forma de libro abierto sobre la avenida Colón. Tiene 38 plantas y 119 metros de altura. Hubo un tiempo en que en lugar de la marca de la gaseosa tuvo en la terraza el cartel de Phillips; hoy no tiene ninguno. A ambos, al Cosmos y al Elíades, los proyectó el mismo arquitecto, Juan Antonio Dompé.

El “Edificio Pepsi”, visto desde la rambla, en una foto de 1974. (Archivo Clarín)

Fueron los años en que la ciudad dejó de tener el perfil de villa balnearia para las clases altas y se transformó en un balneario de masas destinado a la clase media. Para dar paso a la construcción de altas torres de departamentos, se demolieron casonas aristocráticas y viejos chalés. Pero no todo pasó por la piqueta: en el extremo sur de las playas céntricas permanece otro ícono ineludible de la identidad marplatense, el Torreón del Monje.

Igual, la piqueta le pasó cerca. A fines de los 70, luego de permanecer cerrado por una década, abandonada a la erosión, la estructura estaba tan deteriorada que se pensó en demolerla. Fue cuando el empresario Domingo Parato intervino para recuperar al Torreón, y lo hizo integralmente. Reconstruyó la llamada pedana, esa plataforma que asoma al mar desde donde Juan Alberto Mateyko, saco arremangado, transmitía cada temporada “La movida del verano”, que llegó a convocar con figuras como Ricky Martin, Xuxa o Shakira, unas 80.000 personas frente al mar.

Una foto de la década del 90 del Torreón del Monje. (Archivo Clarín)

Hoy, el Torreón del Monje está en uno de sus mejores momentos. Vale la pena visitarlo. Es un club de playa, en sus salones hay una confitería con una vista que maravilla, y restaurante que sirve típicos productos locales. Lo administran los hijos de Parato.

Tiene una panorámica única el Torreón, de postal. Desde allí se contempla el muelle de los pescadores, restaurante y confitería ahora con cartel de Quilmes, que antes tuvo los de Celusal y de Gancia; Punta Iglesia, que desde 1994 perdió las piletas que fueron otro ícono de la ciudad, a las que iban las figuras del espectáculo y del deporte de cada temporada (ahora hay una plazoleta); y los monumentales edificios de Alejandro Bustillo, el del Gran Hotel Provincial, administrado por NH, y el del Casino Central, que por décadas fue el único lugar donde los porteños podían jugar.

No va más. Una noche en el casino marplatense, en una foto de fines de los 90. (Archivo Clarín)

El casino sólo tenía mesas de juego artesanal, ruleta, black jack y punto y banca, las que continúan como parte de su oferta, aunque en menor medida: desde mediados de los años 90, el edificio se llenó de máquinas tragamonedas. Mutó el ambiente contaminado por el humo de cigarrillos; predomina ahora el sonido de campanillas electrónicas, timbres, pitidos festivos y luces que no dejan de titilar. El ensamble entre azar y playa es parte de la historia de “La feliz”, lo mismo como ocurrió en balnearios europeos, por ejemplo en la Costa Azul.

“La rueda de la ruleta y las cartas del bacará suceden como experiencias análogas a las de la playa, por las que fluye el placer y la angustia, el golpe de fortuna o la ruina”, sostiene la historiadora Elisa Pastoriza en su libro “La conquista de las vacaciones”, que publicó en 2011 y repasa la historia del turismo en el país. Esa esencia prevalece.

Multitud. Un matrimonio con sus 15 hijos, en una carpa de uno de los balnearios en el verano de 1987. (Archivo Clarín)

Si no es por azar, es por diversión y entretenimiento. Aquí nació Sacoa hace 50 años. En los 80 las maquinitas no estaban permitidas en la Capital Federal y el local sobre la peatonal era un hormiguero. Hubo veranos cuando el Pac-Man y el Daytona eran sensación en la sala de juegos que se mantuvo abierta las 24 horas. Hoy tiene locales en distintas provincias con todo tipo de entretenimientos, simuladores, juegos de mesa y mecánicos y, por supuesto, videogames.

Fichines. El local marplatense original de Sacoa renovó su oferta. (Archivo Clarín)

Los que hoy han desaparecido, pero los turistas de mediados los 70 y 80 llegaron a disfrutar, fueron los bares la recova de la rambla, paseo ineludible. Acomodados en las clásicas sillas de mimbre, los veraneantes pedían la picada de 21 platitos. En un recomendable blog, entre recetas y ricos detalles de la historia de la ciudad, Pasqualino Marchese la recuerda: “Cazuelitas de pulpo a la gallega, de mejillones pelados a la provenzal, platitos de rabas, de calamarettis fritos y a la lionesa, cornalitos fritos, pequeños trozos de merluza a la romana y escabechados. Empanaditas de atún, papita a la provenzal, platos con queso cortado, con jamón en cuadraditos, con salamín, con calabresa, con aceitunas verdes, maníes salados, papas fritas. Cazuelita de porotos pallares, de mondongo, berenjenas en escabeche, albóndigas en salsa de tomate, rectangulito de tostados, de pizzetas, pan por supuesto”.

Pero no por eso en estos días los turistas dejan de pisar la rambla: continúa siendo tan atractiva como antes. Aunque ahora encuentran allí restaurantes de tenedor libre, parrillas, comercios de artículos de playa y salas de videojuegos, y predominan en la carta pizzas y hamburguesas.

Sin desdeñar el menú: para miles de turistas no cenar pizza en Pedrito es como no haber venido a estas playas. “El rey de la pizza a la piedra” encendió su horno por primera vez en 1952 y mantiene el encanto de los viejos bodegones: sin pantallas de TV, la única música de fondo es el bullicio que genera el choque de cubiertos y las charlas de sobremesa. Está en Salta y la Costa, en La Perla, y siempre hay cola.

Como ocurre en Manolo en distintos momentos del día, principalmente a la tarde, cuando se va en busca de sus famosos churros. La repostería artesanal marplatense se ha ganado un lugar en el gusto del turista: churros, alfajores, y las medialunas de manteca y los “borrachitos” de la Boston. La tradicional confitería estuvo a punto de sucumbir a manos de un grupo empresario, pasó un año cerrada y consiguió seguir adelante sin perder calidad.

Las medialunas de la Boston, un clásico de Mar del Plata que resistió y sigue con la misma calidad. (Christian Heit)

El complejo Punta Mogotes, inaugurado en el verano del 81, tampoco cambió su esencia aunque sumó servicios y es elegido especialmente por los turistas del interior. La que sí se transformó es la avenida Juan B. Justo. Es ahora un centro comercial con más de 150 outlets, entre ellos de primeras marcas y, así como se impone la visita a la banquina de los pescadores en el puerto los días en que el clima no acompaña para la playa, la que se conoció como “la avenida del pullover”, por la cantidad de fábricas textiles que llegó a tener, sigue recibiendo a miles de visitantes.

Una vista de los balnearios de Punta Mogotes, en el verano del 2000. (Archivo Clarín)

Tampoco es la misma la avenida Constitución. Los boliches Chocolate y Sobremonte cerraron, como todos los demás, los que alguna vez la hicieron llamar “la avenida del ruido”. Ahora tiene otro perfil, con muchas familias jóvenes que se mudaron allí y como otros puntos de la ciudad se convirtió en un polo comercial y gastronómico, fundamentalmente, cervecero.

En la pileta. Sobremonte, en el verano de 1998. (Archivo Clarín)

Los muchachos de Antares no sólo impulsaron el boom de la cerveza artesanal, sino que le dieron una nueva impronta a Mar del Plata: hay decenas de fábricas de cerveza, decenas de bares, puestos de recarga de growlers (los botellones de hasta 2 litros) y miles de consumidores. En su continuo afán de innovar, echan mano a nuevas fórmulas: la última, producida con una mirada ecológica asociada con la firma Fluence, compañía de soluciones en el tratamiento, recuperación y reúso de aguas y efluentes, es la cerveza elaborada a partir de agua de mar, “Oceánica”. La lanzaron el Día Mundial del Agua y el prototipo sirvió para impulsar “Atlántica”, que ya se ofrece en las 12 provincias donde tiene franquicias.

Famosos en la rambla, para el lanzamiento de la temporada teatral de 1994. (Archivo Clarín)

Otro cambio se dio en la cartelera teatral. Continúa firme y nutrida, pero aquellos años de capocómicos y vedettes dieron lugar a comedias familiares y shows de humoristas. De algún modo, no es la misma la noche de los artistas a los que los fotógrafos seguían en su gira por boliches después de cenar en restaurantes como “Amigos”, de Pepe Suárez, que cerró en abril pasado después de 40 años. Tenía las paredes tapizadas de fotos de sus famosos clientes.

Alberto Olmedo junto a Hugo Sofovich y Nancy Herrera, cenando en un restaurante en el verano de 1987. Especial (Archivo Clarín)

Antes de “Amigos”, desapareció también “La Taberna Baska”, en el puerto, principalmente afectados por la crisis económica, pero también por un cambio de tendencias gastronómicas. Una camada de jóvenes chef dieron vuelta la página, la ciudad se volvió más gourmet.

“En Mar del Plata, la gastronomía estuvo dedicada al turismo. Un empresario buscaba la veta del negocio, no había profesionalización. Se pensaba en la temporada y se mantenía lo mismo, nada variaba”, explicó a este diario Patricio Negro, que junto a Fernanda Sarasa comandan Sarasanegro, el restaurante de alta cocina que impulsó el cambio poniendo el foco en la frescura y el tratamiento de los productos que llevan a la mesa. El efecto contagió no demoró y hay ejemplos esparcidos en la ciudad como Lo de Tata o Brodo.

Sarasanegro, emblema de la Mar del Plata gourmet. (Archivo Clarín)

Es la de antes, pero también la de hoy. Mar del Plata conserva rincones que llevan a rememorar la que fue y abre otros donde vislumbrar la que será, y en ambas caras converge su naturaleza intrínseca de renovarse permanentemente.

Mar del Plata. Corresponsal

AS

TEMAS QUE APARECEN EN ESTA NOTA

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *